Apuntes

20 May 2008

El Comte Mal

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Recojo del Diario de Mallorca del día 18 de mayo del 2008.

El Comte Mal, entre la realidad y el mito

Crónica de antaño

La leyenda del Comte Mal se propagó en Mallorca a partir de dos obras literarias escritas en el siglo XIX. La primera de ellas, titulada “La Cruz de Calatrava o el Conde Malo” fue escrita en 1839 por Juan A. Ferrer de Sant Jordi y Vives; la segunda fue compuesta por José Mª Quadrado en 1842, titulándola “Las bodas del Conde Malo”.

El origen de estos relatos sobre el malvado noble, al que se identifica con el que fuera el segundo conde de Santa María de Formiguera (siglo XVII), es desvelado por el mismo Juan A. Ferrer de Sant Jordi al inicio de su obra, advirtiendo que la fuente de donde recibió la tradición era una vieja ama de llaves que había encanecido sirviendo a su familia.

Por tanto, sabemos que entre las leyendas populares mallorquinas debió existir la figura del Comte Mal, el cual se aparecía, muerto ya, montado en un caballo verde por su finca de Galatzó o aullando desde los infiernos. Recordaba Benet Pons i Fàbregues, que vivió en Can Formiguera, es decir en la casa solariega que había sido del legendario conde, que conoció a una sirvienta, na Maria “Burot”, que por las noches oía las cadenas con que el demonio tenía atado al malvado noble. Lo cierto es, tal como explicó en su día José Ramis de Ayreflor, que la leyenda del Comte Mal no es sino una variante de otra leyenda mucho más antigua: la del Comte Arnau (lo Comte Mal), basada en unos hechos que sucedieron entorno a la figura del conde de Pallars, Arnau de Mataplana, durante el siglo XIV en Cataluña.

Leyenda que fue conocida en Mallorca ya desde la época medieval. La actitud del conde mallorquín similar con la del catalán, a pesar de pertenecer a dos épocas diferentes, provocó que el legendario Comte Mal del Principado se solapase con el de la figura del que fuera el segundo conde de Santa María de Formiguera: Ramon Zaforteza (1627-?1694). Pero ¿qué hay de cierto en todo esto?, ¿qué maldades orquestó el conde mallorquín para ganarse el epíteto de “Malo”?

Ramón Zaforteza y Pax-Fuster, de Villalonga y Net, era hijo de Pedro R. Zaforteza (1570-?1639), representante de una de las familias mallorquinas de más elevada esfera en aquella centuria. Éste último tuvo una brillante carrera militar que le supuso importantes recompensas por parte del rey Felipe III: fue nombrado Procurador Real de la Isla, Virrey de la misma y también de Cerdeña. Finalmente, Felipe IV le concedió el título de conde de Santa María de Formiguera, al mismo tiempo que le concedía la jurisdicción civil y criminal en todas las caballerías del término de Santa Margarita que ya poseía por herencia.

Y aquí empezaron los problemas. Cuando Pedro R. Zaforteza intentó imponer el dominio feudal y jurisdiccional sobre los habitantes de Santa Margarita aparecieron los primeros altercados. Cuando murió el primer conde en 1639, su hijo tenía tan solo doce años, el cual heredó esta complicada situación. Su madre, Dionisia Pax-Fuster se volvió a casar con su primo, Alberto Fuster y Pax, un hombre con fama de tener un carácter altivo, rígido y severo. Bajo la sombra de su padrastro se hizo el joven conde, dejándole gobernar sobre el patrimonio y los intereses de casa Formiguera durante su minoría de edad. En esos momentos la situación era muy delicada, debido a los pleitos y divergencias sostenidos entre los Formiguera y la villa de Santa Margarita. Dos litigios, iniciados ya por su padre, eran los que tenía Ramón Zaforteza.

El primero trataba sobre la pretensión que tenía el conde del dominio directo y cobro de diezmos de las tierras comunales de Santa Margarita; en el otro pretendía ejercer la jurisdicción civil y criminal sobre los moradores de sus caballerías en el mismo término municipal. En más de una ocasión se equivocó el joven conde, mal aconsejado por su padrastro, dejándose arrastrar por la soberbia. Esta situación propició la aparición de una serie de episodios violentos que ocasionaron la pérdida de vidas humanas en los dos bandos. Sin duda, fueron estas desafortunadas actuaciones perpetradas durante su juventud las que contribuyeron a que se le conociese, años más tarde, con el sobrenombre del “Comte Mal”.

La tensa situación sólo acabó tras la sentencia del Consejo Supremo de Aragón, que dio la razón al pueblo de Santa Margarita y tras el fallo emitido por el Consejo de las Órdenes Militares que condenaba al conde a pagar quinientos ducados y destierro del municipio “vilero”, acusado de haber mandado matar a Baltasar Calafat, Síndico Especial y Teniente de Procurador Real en la Universitat de Santa Margarita.

Tras los episodios violentos de su juventud, de los que salió mal parado, Ramón Zaforteza quiso rehabilitar el prestigio de su persona y su linaje. Para conseguirlo se consagró al servicio de Su Majestad. Levantó varias compañías militares a su costa para actuar en Cataluña. En 1653, fue nombrado Maestre de Campo y enviado a Girona, para más tarde ser nombrado Procurador Real de Mallorca.

Los años templaron “las fogosas impetuosidades de su juventud”. Fue un buen gobernante, consiguió apaciguar el Reino sacudido durante toda la centuria por las violentas refriegas entre las diferentes banderías. Reformó y amplió Can Formiguera, levantando una torre, aún hoy visible en el sky line de la ciudad, y que según la leyenda fue construida para poder observar a una joven clarisa de la que estaba enamorado.
A pesar de casarse dos veces, Ramón murió a los sesenta y siete años sin haber logrado tener descendencia. Con él acabó su Casa, pero también se inició la leyenda del oscuro caballero al que se le atribuyeron historias oscuras, jamás debió sospechar que durante generaciones sería recordado como el Comte Mal

Bartomeu Bestard: El Comte Mal, entre la realidad y el mito

20 March 2008

Sobre Gaspar de Jovellanos en Mallorca

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Garpar de Jovellanos estuvo preso en Mallorca entre 1801 y 1808. Al celebrarse este año el segundo centenario, varios escritores comentan el suceso.
Recojo el artículo publicado por el Diario de Mallorca el día 16 de marzo de 2008 escrito por Bartomeu Bestard.

Gaspar Melchor de Jovellanos, mallorquín de adopción

Este año el ayuntamiento de Palma conmemora el doscientos aniversario de la liberación de Jovellanos, recluido en Mallorca entre 1802 y 1808. La presencia de este personaje en la isla, aunque corta en el tiempo, debe ser considerada como un importante episodio de nuestra historia decimonónica.

Gaspar Melchor de Jovellanos y Ramírez nació en Gijón (1744), en el seno de una familia hidalga. Estudió en la Universidad de Alcalá de Henares, considerada en aquellos momentos como la más prestigiosa de España. En el momento de presentarse a la canonjía doctoral, en Galicia, persuadido por sus familiares y amigos, abandonó la carrera eclesiástica y se decantó por el Derecho

Los que conocieron personalmente a Jovellanos coinciden en afirmar que era un hombre encantador, de caballerosidad cristiana: aseado, sobrio en el comer y en el beber, atento en el trato, religioso -sin beaterías-, discreto en el vestir, amante de la verdad -por cruda que fuese-? pero sobretodo era un hombre generoso.
Con veintidós años tuvo su primer destino en Sevilla, dónde fue nombrado Alcalde del Crimen, allí vivió durante diez años (1768-1778). En aquellos momentos Sevilla era un importante centro de la ilustración española y Jovellanos se adaptó muy pronto a aquel ambiente. En 1778 fue destinado a Madrid y allí asistió a las tertulias de Campomanes, en donde “buscaban la mejora del pueblo desde las élites ilustradas”. En estos momentos Jovellanos ya gozaba de prestigio intelectual. No en balde fue nombrado Ministro de la Real Junta de Comercio (1783) y director de la Sociedad Económica de Madrid, entre muchas otras cosas. Pero muy pronto sus atrevidas iniciativas provocaron el recelo de la nobleza y de la Inquisición, instituciones que en aquellos momentos gozaban de importantes prerrogativas, y que ahora veían peligrar. Las intrigas, las calumnias y persecuciones contra su persona, dirigidas desde la sombra por el ministro Caballero desembocaron en su detención en Gijón (1801) para posteriormente ser embarcado para ir a Mallorca.

Jovellanos llegó a la Isla el 18 de abril de 1801. Inmediatamente fue enviado preso por el gobernador militar a la Cartuja de Valldemossa. La torre medieval del convento, antigua dependencia del palacio del rey Sancho I, se convirtió en la cárcel de nuestro protagonista. Su estado de salud era pésimo con lo que el prior Miquel Pascual, saltándose a la torera las estrictas órdenes del gobernador militar, permitió que el preso pasease libremente por las dependencias cartujanas. Participó en la vida de la Cartuja como un monje más, renunciando a los privilegios que le concedían los religiosos. Pronto empezó a recibir visitas por las tardes y atendió una a una las solicitudes de los vecinos. Allí entabló amistad con representantes de la Ilustración mallorquina como Tomás de Verí, el conde de Ayamans, el fraile capuchino Lluís de Vilafranca? Realizó muchas obras de caridad y repartió limosna entre los más necesitados. Sin duda, el paisaje panteísta de Valldemossa le impresionó enormemente. Desde la Cartuja, el prisionero intentó hacer llegar una carta al Rey. Ello provocó, una vez enterado del asunto el marqués de Caballero, la orden de traslado de Jovellanos al castillo de Bellver. De nada sirvieron las súplicas de los monjes arrodillados ante la autoridad para que no se llevasen al asturiano (mayo de 1802). Sin duda, Jovellanos dejó una profunda huella en Valldemossa, huella que todavía se palpitaba con claridad en la memoria de los “valldemossins” a finales del siglo XIX. Una vez en el castillo de Bellver su reclusión fue severa. Su situación, encerrado en una habitación prácticamente sin luz ni ventilación -aunque no en “s´olla” de la torre mayor como a veces se dice-, redundó en su estado de salud: cataratas, dolores reumáticos, problemas en la piel… Esta situación inhumana se alargó hasta 1803, momento en que, por prescripción médica, se le permitió el paseo y los baños en el mar. Hacia 1807, el prisionero tenía prácticamente total libertad “vigilada” de movimiento, aunque tenía prohibido penetrar los muros de la ciudad. En esta época que escribió sus trabajos sobre los monumentos de Palma -que observaba con un catalejo desde la terraza de Bellver-. Esta relajación del cautiverio le permitió entablar relaciones sociales, amuebló sus estancias e incluso formó una nada desdeñable biblioteca. Jovellanos, gozó sobre todo de las visitas de personas de tendencias ilustradas: Tomás de Verí, Juan de Villalonga (de “Can Escalades”), José Barberí, fra Bru Muntaner, o algunos de los miembros más jóvenes del patriciado palmesano, que veían en las nuevas ideas de la Ilustración una herramienta para flexibilizar la rígida y estamental sociedad mallorquina. Con la caída de Godoy (mayo de 1808), Jovellanos fue liberado. Lo primero que hizo fue volver a Valldemossa para visitar a sus amigos los monjes cartujos. Luego visitó Sóller, Alfàbia, Raixa. Días después hizo entrada solemne en Ciutat y desfilando por sus calles recibió el cariño de todos los palmesanos. Abandonó Mallorca el 19 de mayo de 1808. Sin duda, Jovellanos ha sido de las pocas personas que han conseguido el apoyo de todos los mallorquines, sin fisuras, objetivo nada baladí. La sociedad isleña le quiso y le quiere, fue un hombre bueno, ejemplar, no en balde su efigie forma parte de la galería de varones ilustres del Reino de Mallorca.

Bartomeu Bestard: Crónicas de antaño

24 December 2007

El tercer Marqués de la Romana

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En la Catedral se halla el sepulcro del tercer Marqués de la Romana. Recojo su historia:

La expedición a Dinamarca del marqués de la Romana

Hace unas semanas la Asociación de Amigos de los Museos Militares, tuvo el acierto de rememorar los doscientos años de la expedición que hizo el ejército español a Dinamarca, capitaneada por un ilustre mallorquín, don Pedro Caro y Sureda, tercer marqués de la Romana. Lo hizo con un ciclo de conferencias realizadas en Palma impartidas por diferentes especialistas sobre el tema, dándome pie a escribir este artículo.

Esta expedición se ha de contextualizar en la dura campaña que Napoleón estaba realizando en Polonia en 1807. En la sangrienta batalla de Preusch-Eylau el ejército francés tuvo muchas bajas, lo que provocó que Napoleón solicitase ayuda urgente a España. Desde 1796, mediante el tratado de San Ildefonso, nuestro país se había aliado con Francia. El artículo quinto de dicho tratado sirvió como base para solicitar la ayuda española. Concretamente Napoleón solicitaba que participase la división que se encontraba en la Toscana y Parma, es decir, la región que configuraba el recientemente creado reino de Etruria, en esos momentos regentado por María Luisa, viuda del infante duque de Parma e hija del monarca español. Napoleón quería que esa división fuese una de las que se debía dirigir al norte de Europa. Está claro que el jefe de estado francés quería tener bajo su control a Etruria. A pesar de conocer las intenciones de Napoleón, Carlos IV accedió a su petición.

Se decidió que dirigiese la expedición el teniente general, don Pedro Caro y Sureda-Valero (Palma, 1761 - Portugal, 1811), tercer marqués de la Romana. Éste había nacido en Palma en 1761. Sus diversos estudios humanísticos -poseía una de las mejores bibliotecas de Palma, desgraciadamente hoy desaparecida- le permitieron conocer los ambientes de la ilustración española. En 1775, ingresó en el Colegio de Marina de Catalunya, siendo ascendido pocos años después alférez de fragata. En 1781, participó en la toma de Menorca y participó en el intento de recuperar Gibraltar. También lo hizo en la guerra contra Francia, pasando al ejército de tierra. Durante las campañas realizadas fue ascendiendo hasta conseguir el grado de teniente general.
En abril de 1807 se puso en marcha la expedición, siendo Hamburgo el lugar en dónde se reunirían los diferentes regimientos. Salieron las tropas de Etruria, el regimiento de Zamora, por el Tirol, Baviera y Franconia. También salieron tropas de España, las cuales atravesaron Francia. El marqués de la Romana se dirigió por su cuenta, seguido de los regimientos de caballería, a la ciudad alemana. Una vez reunidos en Hamburgo, las tropas españolas pasaron a formar parte del cuerpo del ejército de observación del príncipe de Pontecorvo (Bernardote). Así, los soldados españoles se situaron en las ciudades hanseáticas con la única misión de observar. Esta situación se prolongó hasta el mes de marzo de 1808, momento en que Napoleón ordenó la ocupación de Dinamarca. Durante todo este tiempo, la desconfianza fue apoderándose cada vez más del marqués de la Romana. La difícil comunicación con Godoy; las sospechosas intenciones del emperador en ocupar Suecia, país de poco interés estratégico y que lo único que conseguía era postergar al ejército español en el norte de Europa; y los graves acontecimientos que se iban encadenando en España: el motín de Aranjuez, la abdicación de Carlos IV y la proclamación de Fernando VII… todo ello no hacia sino incrementar las sospechas y preocupaciones del teniente general mallorquín.

Con la ocupación de Dinamarca, el ejército español fue disgregado y repartido en pequeños destacamentos con la misión de vigilar la costa. En el mes de junio regresó de España un grupo de oficiales que habían sido testigos de la trágica jornada del dos de mayo. Su testimonio no hizo sino confirmar las sospechas que se tenían, lo que provocó el descontento y la reacción de las tropas españolas. En el mismo mes de junio tuvo lugar una entrevista entre el marqués y el reverendo Roberston, enviado por el gobierno británico a instancias de las peticiones de las juntas de defensa españolas. El plan de huida se empezó a fraguar al mismo tiempo que José Bonaparte entraba en península Ibérica para proclamarse nuevo rey de España. Napoleón, mediante Bernardote, quería que los militares españoles diseminados por Dinamarca jurasen la nueva constitución. Empezó entonces una tensa y delicada situación para el marqués de la Romana, de la cual, al final salió airoso, pues pudo recuperar una buena parte de su ejército embarcándolo en diferentes navíos de la flota británica. Don Pedro Caro embarcó en el “Soberbio”, a bordo del cual lo recibió con todos los honores el almirante Keats. El 27 de agosto, la flota se reunió en Goteborg y allí, pocos días después, recibieron la noticia de la victoria de Bailén. Al llegar a España se le otorgó “El ejército de la izquierda” y combatió a los franceses. Más tarde fue miembro de la Junta Suprema de Defensa. El 4 de enero de 1811, murió en Portugal víctima de un aneurisma.

Sus restos mortales fueron trasladados a Mallorca, recibiendo sepultura en el convento de Santo Domingo, en el espectacular panteón que realizó Josep Folch Costa, hoy conservado en la Catedral, del cual en otra ocasión podremos hablar.

Bartomeu Bestard: La expedición a Dinamarca del marqués de la Romana (Crónicas de antaño)

8 November 2006

Sa Torreta: Juan de Borbón, junto al mar

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Artículo escrito por Joan Riera y publicado en el Diario de Mallorca del miércoles 8 de noviembre de 2006.

Juan de Borbón, junto al mar

Joan Riera

“Ya he vuelto a casa”, solía decir el Conde de Barcelona cuando atracaba su yate, el Giralda, en un pantalán del Club de Mar. Aquí sigue trece años después de su muerte.

Don Juan de Borbón (La Granja 1913-Pamplona 1993) era un enamorado del mar. Durante el franquismo y ya en democracia, con su hijo en el trono de España, era un asiduo de Mallorca donde llegaba todos los veranos. Aquí se reunía con los monárquicos que defendían su causa -Jorge Truyols, Sebastián Feliu de Cabrera, Jorge Dezcallar- para analizar los últimos acontecimientos políticos o para instarles a apoyar a su hijo. Aquí aprovechaba para dejar su exilio de Estoril y surcar el Mediterráneo.

Aquí sigue, varado desde 1996 en el muelle de golondrinas del paseo Marítimo, gracias a la escultura de Nassio Bayarri cuya instalación fue promovida por la Real Asociación de Cruceros de Época, organizadora de la regata de barcos antiguos que cada año se disputa en la bahía palmesana. La obra de Bayarri rompe los cánones habituales en este tipo de monumentos y nada a contracorriente. El material utilizado es el bronce sobre una peana de acero corten. Las formas del busto son cubistas. El autor huye del realismo y del academicismo tan ligados a este tipo de obras y descompone la figura para reconstruirla con láminas superpuestas y curvas.

Este palmesano estático observa los atraques de los miles de barcos de recreo que llenan la bahía en los meses de verano. Muy cerca de aquí vino a refugiarse en el verano del 74 cuando se descubrió que un comando de ETA había intentado secuestrarle en Mónaco. En estas aguas recibió en 1973 el último de sus giraldas. En este puerto solía pernoctar en compañía de su esposa. Desde su embarcación, discretamente vigilada por la Guardia Civil, se encaminaba hacia un campo de golf para practicar otra de sus pasiones.

La escultura está ubicada sobre una plataforma encuadrada por dos norays y dos anclas, que subrayan su afición a la mar. En el pedestal una inscripción sencilla: S.A.R. D. Juan de Borbón y Battemberg. Conde de Barcelona”. Encima, dos símbolos del personaje: los galones propios del almirantazgo y la corona de la Casa Real española.

Joan Riera: Sa Torreta: Juan de Borbón, junto al mar (Palmesanos estáticos X)

3 November 2006

Sa Torreta: Chopin, en la plaza de ídem

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Artículo escrito por Joan Riera y publicado en el Diario de Mallorca del viernes 3 de noviembre de 2006.

Chopin, en la plaza de ídem

Joan Riera

Frédéric Chopin (Zelazowa Wola 1810-París 1849) pasó 98 días en Mallorca entre el 8 de noviembre de 1838 y el 13 de marzo de 1839. Llegó acompañado de la escritora francesa George Sand, de Maurice y Solange -hijos de la Sand- y de una sirvienta. Su estancia en la isla se dividió entre Establiments, donde alquilaron la finca de Son Vent, y la Cartoixa de Valldemossa. Unos dicen que en la celda número 2, otros que en la número 4.

Según cuenta Aránzazu Miró en su desmitificador libro Aquell hivern de Chopin a Mallorca, “George Sand aconsegueix que tots els testimonis documentals que romanen de la seva estada mallorquina se centrin en ella”. Es sabido que el estilo de vida de la baronesa chocó estrepitosamente con la bienpensante sociedad mallorquina. El retrato de la isla que dejó en su libro Un hivern a Mallorca desató las iras de los mallorquines del siglo XIX y los intentos de rebatirla han llegado hasta el siglo XX.

Sin embargo, quien en Mallorca crea algunas de las mejores páginas de su música es el compositor polaco. Preludios -entre ellos el número 15 o de La gota de agua-, una balada, dos polonesas, un scherzo, una mazurca, dos nocturnos y una sonata.

Pero Chopin pasó desapercibido para los mallorquines frente a la personalidad arrolladora de Sand. Sólo tras la creación de la leyenda de Chopin con la que, en palabras de Miró, “s´ofereix al turista una informació, uns records i uns objectes que van més enllà de la relació que aquest mantingué amb Mallorca”, el compositor pasa a ser la figura relevante de la pareja

Convertido casi en un mallorquín de soca-rel por mor de sus 98 días de estancia en la isla, el ayuntamiento de Palma le dedicó una plaza que se inauguró el 5 de diciembre de 1988. El busto en bronce de este palmesano estático que preside el lugar es obra del polaco Mieczyslaw Welter. Parece inspirado -en la expresión, en el peinado, en las facciones- en una célebre pintura del compositor, obra de Eugène Delacroix.

Evoca a la perfección al romántico, al hombre sensible y enfermizo que murió a causa de una tuberculosis. Su cabeza se levanta sobre un pedestal de piedra con la inscripción: “A Frédéric Chopin en els 150 anys de la seva vinguda a Mallorca”.

Joan Riera: Sa Torreta: Chopin, en la plaza de ídem (Palmesanos estáticos IX)

1 November 2006

Sa Torreta: Rusiñol, en Marquès de la Sènia

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Artículo escrito por Joan Riera y publicado en el Diario de Mallorca del miércoles 1 de noviembre de 2006.

Rusiñol, en Marquès de la Sènia

Joan Riera

O no, porque durante la mayor parte de la celebración del 75 aniversario de su muerte, el monumento que Palma dedicó a Santiago Rusiñol (1861-1931) ha estado guardado en un almacén. En plena conmemoración del autor de La isla de la calma, el espacio que la ciudad le dedicó ha sido avasallado por ruidosas excavadoras, por el trajín de los camiones y por el fango y el polvo de las obras de construcción del aparcamiento de Marquès de la Sènia.

El pintor, dramaturgo y ensayista que marcó la senda del modernismo en Cataluña retrató a pincel y pluma una Mallorca idílica. Era la isla en la que se refugiaba con frecuencia, en El Terreno o en Sóller. En la que se reunía con los intelectuales isleños en el cambio del siglo XIX al XX en Can Tomeu o en el Círculo Mallorquín. La gran repercusión turística que sus textos y sus óleos tuvieron en los años veinte animó a las autoridades de la época a dedicarle un monumento. Fue inaugurado en 1935 y estaba en una hornacina, que aún se conserva, próxima al Teatre Principal. Sin embargo, las críticas fueron feroces contra esta propuesta y 16 años después el Ayuntamiento le dedicó el monumento en la barriada de Son Armadans.

El busto en bronce es obra del escultor catalán Joan Borrell Nicolau. Muestra al polifacético artista con un frondoso bigote y unos ojos que denotan profundidad en la mirada. Está encaramado en un pedestal de dos metros de altura, que se levanta en el centro de un conjunto de tres arcos de medio punto que realzan el monumento. El diseño arquitectónico es obra de Antonio García Ruiz.

Tal vez no resulte muy adecuado incluir a este Rusiñol en esta galería de palmesanos estáticos. No en balde ha sido revocado de su pedestal, trasladado a un almacén municipal y repuesto, aunque con cambios en la imagen global del monumento. Su vida en los últimos años ha sido movida y sería difícil que firmara su celebérrimo La isla de la calma en la Mallorca de hoy o en la calle Marquès de la Sènia de hace unas semanas, cuando las obras se habían apoderado de ella. Claro que un hombre capaz de escribir “déjame vivir ilusionado que para lo que dura la vida, más vale engañarnos seriamente, y no andar en controversias”, tal vez hubiera mantenido su ilusión mallorquina.

Joan Riera: Sa Torreta: Rusiñol, en Marquès de la Sènia (Palmesanos estáticos VIII)

27 October 2006

Sa Torreta: Juníper Serra, en Sant Francesc

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Artículo escrito por Joan Riera y publicado en el Diario de Mallorca del 27 de octubre de 2006.

Juníper Serra, en Sant Francesc

Joan Riera

Un monje franciscano junto al convento de los franciscanos. La estatua de Juníper Serra (1713-1784) en bronce se encuentra frente a la fachada de la basílica de Sant Francesc. Fue hecha en bronce por Horacio de Eguía, el escultor vasco que se afincó en Mallorca tras la Guerra Civil.

Del fraile de Petra se destaca su labor evangelizadora en California. No en vano fue el fundador de nueve misiones estables en el rico Estado norteamericano de las que han nacido algunas grandes ciudades como San Diego.

La escultura palmesana resalta dos de los aspectos atribuidos al franciscano mallorquín beatificado por Juan Pablo II en 1988: el primero -que se resalta con la cruz en su mano derecha- es su afán evangelizador que le llevó a recorrer, casi siempre andando, miles de kilómetros por territorios inhóspitos; el segundo representado inconográficamente con el niño al que abraza con su mano izquierda- es el ser valedor de los indígenas frente a los abusos de la soldadesca. Un valor que le niegan algunas organizaciones indígenas norteamericanas

Nacido Miquel Josep Serra Ferrer, ingresó en la orden franciscana en 1730. En 1749 fue enviado a México junto a otros 20 compañeros de congregación. Su primer destino le llevó a Querétaro. Cuando en 1767 Carlos III expulsó a los jesuitas de Nueva España y California, Junípero inició la labor que le ha convertido en el único español que tiene una escultura en el The National Statuary Hall, en el Capitolio de Washington, y a ser considerado uno de los grandes prohombres californianos.

La iconografía juniperiana con numerosas representaciones en California- tiene un punto común y distintas variables. Siempre va vestido con el hábito franciscano, a partir de ahí es habitual verle en compañía de un indio, esgrimiendo la cruz o sirviéndose de un palo para resaltar su aspecto de caminante o el padecimiento de una enfermedad crónica en una pierna.

La escultura que se puede ver en la plaza de Sant Francesc se fundió en 1965 con la intención de colocarla en el Parc de la Mar, aunque posteriormente la idea fue rechazada. Estuvo unos años en Jaume III y finalmente encontró acogida junto a la comunidad franciscana.

Joan Riera: Sa Torreta: Juníper Serra, en Sant Francesc (Ciudadanos estáticos VII)

25 October 2006

Sa Torreta: Capità Antoni, en el puerto

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Artículo escrito por Joan Riera y publicado en el Diario de Mallorca del miércoles, 25 de octubre de 2006.

Capità Antoni, en el puerto

Antoni Barceló i Pont de la Terra sería lo que los americanos llaman un self made man, un hombre hecho a sí mismo, con la salvedad de que en el siglo XVIII era prácticamente imposible prosperar desde la nada en un oficio reservado a la nobleza. Comenzó siendo un simple marinero en el jabeque de su padre y acabó su carrera como teniente general

Una escultura en bronce obra de Remigia Caubet de principios de los años 70 le recuerda en el paseo Marítimo, en las proximidades del Club de Mar.

Su fulgurante ascenso se produjo gracias a la admiración que le profesaba el rey Carlos III. El hecho de haber ganado todos sus cargos en la lucha contra los piratas que asolaban el Mediterráneo, y no por su nacimiento, le granjeó la enemistad de los oficiales de la Armada, pero siempre contó con el fervor de sus subordinados, quienes admiraban su valor y su habilidad estratégica en los combates.

Este palmesano estático está representado de medio cuerpo, viste uniforme militar y se dispone a abrir su catalejo para observar los peligros que se avecinan en el horizonte. En la cara parecen reflejarse algunas de las cicatrices que le dejaron los fieros combates contra los corsarios.

Capità Toni

El Capità Antoni, así se le conoció siempre en Palma, fue el mallorquín más popular del siglo XVIII. A los 19 años sostuvo su primer combate contra los piratas. Después de numerosas victorias, cuyo objetivo era preservar las rutas marinas entre Mallorca y la península, fue incorporado a la Real Armada. En 1775 participó en el asaltó a Argel, donde evitó un gran desastre para la infantería española. Barceló inventó las lanchas cañoneras y con ellas bloqueó Gibraltar durante dos años. Dos bombardeos consecutivos contra Argel forzaron a las autoridades de la ciudad a pactar el fin de la piratería. En 1790, con 73 años, fue llamado de nuevo para atacar Argel.

Al pie del monumento se lee esta inscripción: “Al patrón don Antonio Barceló, teniente general de la Real Armada. 1717-1797″. El Capità Antoni pasó toda su vida en el barrio del Puig de Sant Pere, en el Carrer del Vi hay una placa que le recuerda. Fue un gran benefactor de la iglesia de Santa Creu, en la que fue enterrado tras su muerte.

Joan Riera: Sa Torreta: Capità Antoni, en el puerto (Ciudadanos estáticos VI)

20 October 2006

Sa Torreta: Despuig en Santa Magdalena

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Artículo escrito por Joan Riera y publicado en el Diario de Mallorca del viernes, 20 de octubre de 2006.

Despuig en Santa Magdalena

Si tenemos que hacer caso a los tópicos, la escultura del cardenal Antoni Despuig i Dameto (1745-1813) se corresponde con la imagen de un príncipe de la Iglesia en la transición entre los siglos XVII i XIX. Si hay que indagar en la personalidad del personaje, el rostro refleja al político vaticanista sagaz que sin duda fue el ilustre mallorquín.

La mole de bronce es obra del artista Damià Ramis y fue instalada en la fachada de la iglesia conventual de Santa Magdalena en 2005 por iniciativa de Sa Nostra, el Ayuntamiento y la Associació de Veïnats de Sant Jaume.

El cardenal Despuig es uno de los personajes más destacados que ha dado la isla. Procedente de una poderosa familia mallorquina, eligió la carrera eclesiástica en la que llegó a ocupar las más altas dignidades. Fue obispo de Orihuela, arzobispo de Valencia y Sevilla y patriarca de Antioquía. Fue creado cardenal por Pío VII, junto a quien sufrió la persecución napoleónica.

Cardenal Despuig

La escultura lleva un libro en la mano, símbolo del interés por la cultura que le acompañó toda su vida. No en vano fue el impulsor del célebre mapa de Mallorca y reunió en Raixa una colección de obras de arte que, de no haberse malvendido, formarían un museo que envidiarían muchas ciudades europeas.

El monumento a Antoni Despuig se levanta en una esquina de la plaza, sobre una roca sin pulir. No hay lugar mejor en Palma. Dos argumentos justifican esta afirmación. Primero, en la iglesia se encuentra el sepulcro de Santa Catalina Thomàs. El cardenal influyó decisivamente para que el Papa beatificara a la monja de Valldemossa que profesó en el convento y allí está enterrada.

En la iglesia también está el sepulcro del eclesiástico. A su muerte en 1813 fue inhumado en Lucca y su corazón trasladado a la isla. Casi dos siglos después, el entonces concejal de Cultura José Carlos Tous impulsó el viaje de los restos a su tierra natal. Llegó el 14 de octubre de 1993 y dos días después recibió sepultura a pocos metros de su admirada Catalina.

Este palmesano estático está representado con atributos cardenalicios. Es poco ágil, pero en cualquier caso muestra la herencia sólida de este mallorquín que dejó un espléndido legado político, religioso y cultural.

Joan Riera: Despuig, en Santa Magdalena

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