Apuntes

28 February 2008

Carlos Sambricio: La primera arquitectura moderna en la posguerra

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Reproduzco el interesante artículo de Carlos Sambricio que ha publicado en el Diario de Mallorca del miércoles, día 27 de febrero del 2008 en las páginas de Opinión.

La primera arquitectura moderna en la posguerra

Los dos grandes temas que caracterizaron la ciudad europea del siglo XX fueron la definición de un nuevo tipo de vivienda y la voluntad por definir una política de gestión urbana. Durante el XIX, el tipo de vivienda definido por la burguesía para su uso chocaba radicalmente con el definido para las clases obreras, cuando en un único espacio de poco más de 20 m2 la familia debía no sólo cocinar, vivir el cotidiano y, en una palangana, asearse sino que -como denunciaran los higienistas de la época- en dos jergones dormían hacinadas hasta nueve personas.

La modernidad se inicia cuando baño, dormitorio, cocina y estar aparecen como espacios diferenciados. Y cuando, en torno a 1920, aprovechando la bonanza económica que supuso la neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial (lo que supuso la creación de nuevas fábricas y, en consecuencia, una fuerte migración a las principales ciudades) se produce un más que significativo incremento en el precio de los materiales de la construcción (algunos de ellos en sólo 10 años, llegaron a multiplicarse por cinco), la consecuencia es que -buscando abaratar costes- se plantea una triple preocupación: simplificar el lenguaje arquitectónico; racionalizar el interior de las viviendas y, por último, normalizar y estandarizar el proceso constructivo.

A lo largo del siglo se debatieron las dimensiones y características que debían cumplir las cocinas, baños, dormitorios y “estares”: poco a poco el “espacio mínimo” se fue perfilando y, reflejo de cada momento, fueron las llamadas “casas baratas”, “viviendas mínimas”, “ultrabaratas”, “protegidas”, “bonificables”, “renta limitada”, “reducida”? Cierto que las principales capitales españolas vivieron, durante el primer tercio del siglo, apasionados debates y polémicas sobre el tema, del mismo modo que conocieron también singulares aportaciones; pero es igualmente cierto que otras capitales (Palma, por ejemplo) al no haberse industrializado (al no sufrir un significativo crecimiento demográfico) mantuvieron una forma de vida que sólo cambiaría en torno a los años 50, con la llegada de la primera emigración…

En 1956, y en el marco del Plan Nacional de Vivienda, se construyó en Palma, el Grupo “Generalísimo Franco” -conocido popularmente como “Corea”- compuesto por 568 viviendas. Proyectado al poco de haberse firmado el Pacto Americano (ejemplo estas viviendas de modernidad, por eso recibieron -como sucedió con otras construidas en esos mismos años en distintas ciudades españolas- tal nombre) por vez primera aparecía en la ciudad el reflejo de lo que había sido el debate europeo sobre la modernidad arquitectónica, reflejándose en tres aspectos bien concretos: se abandonaba la solución de manzana cerrada optando en su lugar por el bloque abierto, lo que suponía definir unos espacios interiores en la barriada que podían convertirse en privativas zonas verdes; en segundo lugar, aparecía una nueva forma de organizar la vivienda porque, al suprimirse los tradicionales pasillos, las reducidas dimensiones del distribuidor permitían definir unas zonas de vida y unas zonas de servicio perfectamente comunicadas; por último, el abandono -impuesto, ciertamente, por las necesidades económicas- de la ornamentación en fachada, mostraba a la ciudad decimonónica cual era la primera imagen de modernidad.

Cierto que hoy el conjunto muestra una imagen que quizá desilusione a quien no sepa ver cuál será su realidad tras su rehabilitación integral. Y frente a quienes piden su eliminación quisiera recordar tanto a quienes (sin duda desde la buena fe y la mejor intención) aceptaron sustituir los excepcionales retablos barrocos por una imaginería cuya única virtud era que el halo de santidad aparecía iluminado por novedosas lamparillas eléctricas, del mismo modo que hubo muchos que vendieron (mal) los muebles y enseres que hoy vemos en los anticuarios, sustituyéndolos por “modernos” muebles de formica, como quienes por dos perras dieron salida a una hoy más que valorada cerámica para conseguir, aquellos vasos irrompibles de Duralex. Forzar la desaparición del conjunto supondría empobrecer la historia urbana de Palma, máxime cuando las actuales tendencias de la rehabilitación no buscan recuperar la miseria del pasado y si, por el contrario, aprovechar materiales y técnica para conseguir, con una mejor distribución, una vivienda más digna.

El grupo ´Generalísimo Franco´ es parte indiscutible de la historia de Palma tanto como el barrio construido en Barcelona con motivo del Congreso Eucarístico de 1953 refleja una primera modernidad o la barriada experimental de Villaverde en Madrid, testimonia el momento en que una arquitectura abandonó el monumentalismo herreriano y optó por seguir las pautas que, en aquellos momentos marcaban la reconstrucción europea. O, dicho de otra forma, el momento en que Palma se asomó -por vez primera- a nuestra contemporaneidad.

Carlos Sambricio (*): La primera arquitectura moderna en la posguerra

(*) Catedrático de Historia de la Arquitectura y del Urbanismo en la ETS Arquitectura de Madrid

3 February 2008

José Carlos Llop: Mi Alejandría

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Puesto que José Carlos Llop en Memoria y tradición (y 2) hace referencia a este artículo publicado por el Diario de Mallorca el domingo 15 de julio de 2007, lo añado a continuación:

Mi Alejandría

Opino que la nueva desaparición de los premios Ciudad de Palma en castellano -digo nueva porque ya hubo otra a finales de los setenta- no va a representar ninguna tragedia para la literatura mallorquina que se escribe en castellano. Ni siquiera una tragicomedia. Los autores mallorquines que escribimos en castellano -los de ahora y los que vengan- no vamos a ser peores ni mejores porque dejen de existir, o no, esos premios. Tampoco más o menos aceptados. Nuestros libros no van a estar más inspirados, ni van a ser más leidos. Es cierto que pagamos impuestos como los autores que escriben en catalán, pero no tenemos arraigada una conciencia económica de nuestra lengua literaria. No consideramos que esos impuestos deban devolvérsenos en forma de ayuda a nuestro arte, que por cierto hemos escogido libremente y sin que nadie nos obligara. En cierto modo -sólo en cierto modo- como la lengua. Y si no puedo hablar en plural, sí al menos -creo- por los autores cuya obra más conozco y respeto.

De formación literaria originariamente mestiza -a mí me han influido tanto Ferrater, Vinyoli, Pla o Villalonga, como Cernuda, Borges o Álvaro Mutis, y todos ellos, a su vez, tanto como John Donne, Marcel Proust o Ernst Jünger, por citar sólo algunos nombres y distintas lenguas-, los escritores mallorquines en castellano estamos acostumbrados a vivir a la intemperie y creemos algunos que esa intemperie es buena para la literatura. Quizá no lo sea para la comodidad, para la vanidad, o para cierto tipo de tranquilidad, pero para la literatura y para ese origen suyo que reside en el desplazamiento -el verdadero escritor es un ser que vive en los márgenes- sí es buena esa intemperie. De hecho es su hábitat natural. Lo es mucho más que los premios, las medallas, los honores y los aplausos institucionales en la propia casa. Sin despreciar nada de eso lo digo: a quien le gusten que los coleccione. Pero las cosas son como son y, en el siglo XX, los escritores mallorquines en castellano siempre hemos estado entre dos aguas y sin resguardo. Los primeros -Miguel Villalonga o Jacobo Sureda- sin apenas eco exterior, poco reconocidos, en su momento, aquí y allá. Luego Cristóbal Serra rompió en cierta medida -tan escasa como respetabilísima- esa tradición, allá y aquí. Los demás -los de mi generación- no hemos tenido la mala suerte de aquéllos. La literatura mallorquina que se hace ahora en castellano ha conseguido un lugar entre la literatura española, ha sido traducida a otras lenguas -sin ayudas oficiales, al menos hasta donde yo sé- y aparece normalmente tanto en los periódicos nacionales como extranjeros si se da el caso. En cuanto aquí -a Mallorca me refiero- esa literatura es la que es y no hay que darle más vueltas.

Para eso no se ha necesitado más que vivirla -por sus autores- desde la normalidad de la intemperie. La normalidad -por comparación lo digo- del desasistimiento institucional. La normalidad, en casa, de la sospecha o la malevolencia por la lengua elegida. La normalidad de poseer dos lenguas y amar ambas, si es que la relación con una lengua es ésta. La normalidad de la acogida in crescendo -de un in crescendo relativo- de los libros hechos lo mejor posible. Sin alharacas, ni laureles, ni caprichos, ni mimaduras, ni más exigencias que con la propia obra. Nadie nos obligó, repito, a que fuéramos escritores y tenemos los lectores -cada uno de nosotros- que nos merecemos. Pensar que se nos debe algo -por escribir en la lengua que sea- sería, además de mala educación, una falta de respeto a esos lectores y otra mayor a los propósitos que están al fondo de la escritura de cada uno. O que deberían estar.

Pero la ciudad es la que es y la ciudad habla y escribe y es escrita en las lenguas que le da la gana, al margen de cualquier decisión institucional. Cuando Gabriel Fuster Mayans -el periodista Gafim- creó, a mediados de los 50, los premios Ciudad de Palma lo hizo en las dos lenguas: el castellano y el mallorquín o catalán de Mallorca, que entonces llamaron eufemísticamente (era el franquismo, era el tiempo de los eufemismos) lengua vernácula. En las primeras convocatorias los obtuvieron, curiosamente, Jaume Vidal Alcover y Llorenç Villalonga con dos obras en castellano: Esa carne mortal y Desenlace en Montlleó: entonces se llamaban Jaime y Lorenzo. Luego -continúo con el franquismo- lo ganaron indistintamente, en castellano y en catalán, varios de nuestros escritores, aunque, siempre, el premio en catalán destacó sobre el otro. Veinticinco años más tarde -bajo la influencia de una visión más forana que palmesana de lo que deben ser unos premios literarios (en nuestra cultura hay más escritores nacidos en pueblos que en Palma)- se suprimieron los premios en castellano y quedaron sólo en catalán. Hasta hace tres años, que volvieron a serlo en castellano y ahora, de nuevo, sólo en catalán.

Ésta es la tradición de los premios Ciudad de Palma, no otra. Una tradición que podría malinterpretarse ideológicamente. Pues no se engañen. No es la derecha la que apoya la literatura en castellano y la izquierda la literatura en catalán. Eso es una chorrada monumental. La verdad es que la literatura, en Mallorca, importa poco. Los editores se quejan siempre del bajo índice de compradores de libros -por tanto de lectores- en comparación con otras zonas de España, ya no mencionemos Europa. Y los que hay, están tanto en la derecha como en la izquierda, quiero creer: la lectura no es un monopolio ideológico. En cuanto a los Ciudad de Palma, quizá haya algo de polémica -poquísima: no vale la pena, ni serviría de nada- por la supresión de la modalidad en castellano, pero todos los escritores mallorquines en castellano sabemos, por ejemplo, que el Institut d´Estudis Baleàrics -que ha funcionado durante el gobierno de la derecha- no ha hecho nada, absolutamente nada, por nuestros libros. Ni lo queríamos -al menos yo-, ni considerábamos que tuvieran que hacerlo -al menos yo-, pero un poco de cortesía -caso Frankfurt, por ejemplo, pero hay más- no habría estado mal. La cortesía de reconocer al otro, que también es. Lo mismo digo respecto a los Ciudad de Palma, aunque estoy de acuerdo con Vallés (premio Ciudad de Palma de periodismo, en castellano, por cierto): ha servido para quitarnos de encima a madame Castaño. Eso sí: si la literatura fuese pintura y diese el dinero que da ésta, su prestigio esnob y su nula capacidad de entendimiento para hacer el figurón por ahí, no lo duden, habría premios hasta en swahili y nos pondrían en clase bussiness y con azafata particular para que nos animáramos -en caso de pintar o esculpir en castellano- a estar donde hiciera falta. Y es que los mallorquines somos muy plásticos y esto no es un artículo político, ni va contra nadie. Por mucho que algún listillo esté dispuesto a afirmar lo contrario.

José Carlos Llop: Mi Alejandría (Publicado el 15/07/2007 en el Diario de Mallorca

Memoria y tradición (y 2)

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Continúo con el artículo de José Carlos Llop sobre las fiestas de San Sebastián de Palma y cuyo primer artículo fue Sobre las fiestas de San Sebastián en Palma (I)

Memoria y tradición (y 2)

Cuando el anterior gobierno municipal decidió reinstaurar los Premios Ciutat de Palma en castellano escribí que estos premios no eran necesarios para mejorar literatura alguna -ningún premio mejora la mala ni la buena literatura, por mucho que algunos premiados se lo crean- pero que la medida permitía que los jóvenes escritores mallorquines que escriben en castellano -palmesanos en su mayoría- pudieran acceder al premio literario de su ciudad natal y obtenerlo incluso, cosa que, en principio, no está mal. O por lo menos no tanto como que no puedan hacerlo, me temo. No por la literatura en sí -a un verdadero escritor la existencia o inexistencia de un premio no le perjudica-, sino porque es raro tener las puertas de casa cerradas. He escrito raro, nada más, pues a todo se acostumbra uno, incluso a que se quejen permanentemente los que más cuidados están -en casa, al menos-. También dije que pertenecía a una generación a la que se le había pasado el arroz para presentarse a ese premio -no tuvimos la oportunidad cuando, por edad, era el momento- y que, por tanto, su existencia, o no, nada tenía que ver con ilusiones personales que -en ese sentido al menos- no existían, ni existen. Expuse mi parecer ante un asunto donde creí que debía hacerlo -ya que despertó cierta polémica en prensa- dada mi condición de escritor mallorquín en castellano y colaborador de este periódico. Nada más. Pero luego vino el asunto de los nombres.

Una vez se aprobó la dualidad lingüística de los premios se optó por bautizar los reinstaurados con los nombres de Rubén Darío -el de poesía- y Camilo José Cela -el de novela-. Yo, eso, con todos los respetos que sean necesarios para el papel modernizador de Darío en la poesía hispana, o la importancia en la novela española de la obra de CJC, lo consideré una cursilería pretenciosa, fruto de la ignorancia, y un desprecio a la literatura local y así lo escribí también. El hecho de las estancias mallorquinas de ambos autores -breve la de Darío, media vida la de CJC- era como un reportaje del Hola para el entonces concejal de Cultura y eso -pensé yo- debía ser lo que le interesaba realmente, confundiendo el supuesto brillo de la literatura con el relumbrón de los nombres. En fin… Mostré entonces mi discrepancia y sugerí desde estas páginas el nombre de dos mallorquines, pues de eso, creía yo, se trataba: de un premio mallorquín. Esos nombres fueron el del narrador Miguel Villalonga -tan marginado en su propia casa- para el premio de Novela y el del escritor Cristóbal Serra -cuya obra está vertebrada por un aliento poético que sería muy distinto de no haber nacido aquí- para el premio de Poesía. Dije incluso que si no querían a un autor vivo -que es el caso de Cristóbal y que siga siéndolo por mucho tiempo- se podía emplear el nombre de Joan Alcover -como Juan Alcover- en la modalidad de poesía, que ya se emplea para poesía catalana. No era una herejía: lo había hecho el propio Alcover durante los años en que escribió en castellano, que no fueron pocos. Por supuesto no se hizo caso de mis estrambóticas sugerencias -Diario de Mallorca no era un periódico grato para el concejal, que tenía y tiene otras querencias empresariales- y los premios se llamaron, evidentemente, Rubén Darío y Camilo José Cela, asunto éste último que hizo que Marina Castaño pudiera pasearse ufana como jurado de novela -¡ya me dirán ustedes de dónde el pedigrí!- por la tierra que ella misma declaró non-grata cuando Cela abandonó la isla de su brazo. Lo dicho: el Hola; o mejor: el Diez Minutos.

Con el cambio de gobierno municipal en las pasadas elecciones se volvió a eliminar la versión castellana de los premios de novela y poesía, tal como había ocurrido a los casi veinticinco años de su creación. A mediados de julio pasado ya publiqué un artículo titulado Mi Alejandría sobre eso y a él me remito, por si a alguien le interesa, para que luego no venga el concejal Grosske con sus falsedades, a decir que no he escrito nunca sobre lo que sí he escrito. Pero he de volver perezosamente sobre el asunto porque en las últimas fiestas de Sant Sebastià nuestra alcaldesa dijo algo así como que “hay que recuperar el espíritu de los Ciutat de Palma”, insistiendo en lo que ya había dicho en verano sobre recuperar la tradición de los premios. No, mujer, si el espíritu era otro. O lo fue desde su fundación a mediados de los 50 hasta los años 80. La tradición de los premios era bilingüe, como su espíritu. O así fue hasta los años 80. Que las tradiciones puedan disfrazarse y mutar y el espíritu renovarse, pues bien, con el tiempo, quizá. Pero entonces no hablemos de recuperar. Si en esos últimos tres años de premios Ciutat de Palma en dos lenguas se ganó algo, yo no lo sé, pero desde luego no se perdió ninguna esencia, nada se perdió, créame; nada absolutamente. Por mucho que algunos apuntaran lo contrario. Fuera cual fuera la intención política -si la hubo o no, eso es otro artículo- de los que reinstauraron el premio en castellano, fue entonces cuando se recuperó la tradición originaria y el viejo espíritu de los Ciutat de Palma, nacidos en 1955, no anteayer.

José Carlos Llop: Memoria y tradición (y 2). En el Diario de Mallorca del domingo día 3 de febrero de 2008

Ver artículo de José Carlos Llop: Mi Alejandría

27 January 2008

Sobre las fiestas de San Sebastián en Palma (I)

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Recojo un artículo de Jesé Carlos Llop publicado en el Diario de Mallorca de día 27 de enero del 2008 sobre las Fiestas de San Sebastián, patrón de Palma, recién pasadas y en las que los demonios de la Part Forana invadieron la ciudad.

Yo nací y crecí en una Palma cuyas fiestas patronales consistían en dos actos públicos, uno de ellos restringido a rigurosa invitación. En Sant Sebastià se celebraba una misa en la catedral, con procesión por la calle Palau Reial (entonces General Goded y antes de eso, Palau o Palacio), donde desfilaban los maceros de Cort (que a mí me parecían hermanos gemelos salidos del séquito de Isabel la Católica), los Tamborers de La Sala y la policía municipal de gala, montada a caballo. Esta procesión era muy parecida a la celebrada tres días antes por Sant Antoni -Ses Beneïdes- sólo que si ahí había ciudadanos con sus animales domésticos, aquí había concejales y demás autoridades. Luego, por la noche, el Ayuntamiento daba una cena -la de los Premios Ciudad de Palma, esta sí con invitación- en El Círculo -y algún año en El Pueblo Español-, también de gala, aunque escritores y otros artistas invitados se tomaran a veces ciertas libertades en la vestimenta. Es cierto que yo nací y crecí en un régimen dictatorial, ya saben, Franco bajo palio, el Concordato y todo eso, donde el tanto monta, monta tanto -por seguir con la reina Isabel- se aplicaba a la Iglesia y al Estado. De ahí, supongo, que sólo se celebraran dos actos -uno religioso y otro civil-, en una época donde la austeridad -¡bendita austeridad!- marcaba todas las pautas públicas y privadas y no había presupuesto -ni ganas, aún- para mucho jolgorio. . Era lo que Carlos Barral llamó con acierto años de penitencia.

Una vez en democracia pareció -sólo lo pareció- que la vida iba a ser una fiesta y los ochenta -la década donde las fiestas patronales de Palma se convirtieron en algo verdaderamente festivo, a imitación, en escala urbana, de las que se celebraban en los pueblos o en otras ciudades con más solera festiva-, los ochenta, digo, fueron bautizados por Javier Marías, también con mucho acierto, como la edad del recreo. Y la verdad es que eso parecía la cosa entonces: como si de la rigidez de las aulas, nos hubieran soltado -el verbo es adecuado- al patio, al recreo. Hablo de memoria colectiva, que lo personal siempre tiende a los matices y las diferencias. (Y de esa época recuerdo con especial afecto el Festival de Jazz, que luego hicieron desaparecer, desterrándolo a la nada e importando, el concejal Rodríguez, sus coheterías levantinas de gran estruendo y colorido).

Pero vuelvo al tiempo donde nací y crecí. Recuerdo que saliendo de Palma siempre esperaba El Dimoni al pasar por Algaida. Amenazaba con el tridente de madera -sa forca- a los escasos automóviles y hacía cabriolas, como de poseído. Recuerdo que había dimonis en Artà y también en Sa Pobla y Santa Margalida, y que aquellos dimonis estaban asociados a Sant Antoni y sus tentaciones y a La Beata -protegida por Sant Antoni- y la rótura del cántaro de barro. Eso recuerdo y también que parecían salidos de las páginas de Ses Rondaies, donde el demonio tenía, entre otros, un nombre tan simpático como Barrufet. (De ahí, supongo, que Cristóbal Serra nos dijera siempre que al mal se le combate desde el humor). Pero no recuerdo dimonis en Palma. Nunca. No sé, pues, de dónde se los ha sacado el concejal Grosske, que es de mi generación. Como tampoco sé a qué viene en estas fechas lo del fogoso Correfoc, una cosa que se instauró hace poco, unido a la noche de San Juan y el solsticio de verano -donde el fuego y la purificación tanta importancia han tenido siempre y por eso, tal vez, los grupos teatrales contemporáneos estén empeñados en unir fuego, purificación y Averno en su imaginario, como hacían los inquisidores. Pero todo eso -recuerdo ahora a Els Comediants y luego a La Iguana y sus mutantes, antorchas y gigantescas bengalas- ocurría la noche del 24 de junio, no la del 20 de enero. Por eso tampoco entiendo qué hace el Atiarfoc o cómo se llame, del señor Grosske, en Sant Sebastià. Ya puestos, no sé porque no se han vestido todos de romano y escenificado a lo siglo XVIII -que tan aficionados eran al disfraz- el martirio del patrón. Un patrón, por cierto, cuya reliquia -me dicen- permaneció solitaria y abandonada en el presbiterio la mañana del Oficio en La Seu, sin que nadie se acercara a presentarle sus respetos. Claro que, visto lo visto, tal vez sea yo el confundido y las fiestas de Palma sean un pretexto para la horterada de teñir de rojo la catedral. Aviados estamos si vuelve -ahora que todo vuelve- la peste un día de estos. Ya me dirán a quién nos encomendamos.

José Carlos Llop: Memoria y tradición (I)

Continúa en Memoria y tradición (y 2)

1 October 2007

¿Exclusión de los catalanes en la conquista de América?

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Copio y enlazo el siguiente artículo escrito por Román Piña Homs en el periódico El Mundo - El Día de Baleares del 1 de octubre del 2007.

A modo de carta abierta a Cristina Peri Rossi

Román Piña Homs

Leo con cierta perplejidad y desde luego tristeza, pero en absoluto con asombro puesto que los radicales del nacionalismo catalán o del que sea, hace ya tiempo que dejaron de asombrarme hagan lo que hagan, el artículo publicado en este mismo diario por la escritora Cristina Peri Rossi, que ella titula Persecución lingüística. Cuenta Cristina en su artículo, con todo detalle, cómo ha sido expulsada de un programa de Catalunya Ràdio, al que venía asistiendo habitualmente a modo de tertuliana desde hace varios años, gracias a la invitación del periodista Gaspar Hernández, que la valoraba como intelectual valiosa, capaz de enriquecer la tertulia, pese a ser la única castellano hablante que participaba en el mismo. Total, que de pronto alguien decidió prescindir de su participación habitual, sin más motivo que el de no hablar catalán. Recuerda Cristina que «Cataluña es y será una nación bilingüe, por lo cual no se puede perseguir o expulsar a nadie de su trabajo por motivos lingüísticos», y yo no sé si se querellará con quienes han atentado a sus derechos, situándose en la ilegalidad, pero de momento ha optado por contar los hechos y comenzar su batalla particular. Le deseo suerte, porque la necesitará.

Conocí a Cristina hace veinte años. Por entonces disponía yo de unas conferencias ofrecidas en Berkeley, dentro de un programa auspiciado por la Generalitat en aquella universidad californiana. Por aquello de que los catalanes habían llegado a América, como escribió en su día Ferràn Soldevila, tard però sense dany, refiriéndose a la modélica presencia catalana en el continente desde mediados del XVIII, la Generalitat por aquellas fechas -1987- montó una serie de iniciativas culturales y económicas en tierras californianas, mostrándose como un gran país que nada tuvo que ver con el genocidio montado por el resto de los españoles; un genocidio, que ya saben ustedes, nos lo acaba de poner al día, en plan de memoria histórica, el Ayuntamiento de Sineu, imagino que profundamente preocupado por la defensa de los derechos humanos de los indígenas americanos del siglo XVI, pero en absoluto por el atropello sufrido aquí y hoy por la uruguaya Cristina Peri Rossi.

Cristina me recibió en su despacho de la editorial barcelonesa Laia. Enseguida intimamos. Se mostró muy interesada por mi obra, que recomendó a la editorial, y pocos meses después apareció publicada bajo el título de Catalanes y mallorquines en la fundación de California. Nada más conocer a la muchacha, comprendí que era una intelectual valiosa y comprometida con la izquierda. La editorial mantenía cierta tradición en el mismo sentido, pero no me asustaba. A mí lo que me interesaba era publicar y hacerlo con capacidad para llegar al gran público, cosa que alcancé con creces. Y no sólo conseguí con mi propósito llegar a todas las librerías de este país y de algunos más de habla española, sino que además me congratulé de que una joven como Cristina se desenvolviese bien en los ambientes de la Ciudad condal. Tal circunstancia era garantía para los catalanes, de sociedad abierta y acogedora.

El libro en cuestión, publicado gracias a los buenos oficios de Cristina, poco después me abrió otras puertas. Se ponía en marcha la conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América. Los regidores nacionalistas de Sineu aún no habían denunciado el genocidio, y por consiguiente el gobierno de la Generalitat no tuvo inconveniente en asociarse a los fastos. Se montaron numerosas iniciativas culturales y entre ellas se puso en evidencia la necesidad de contar con una investigación seria sobre el agravio de que, desde los tiempos de Cristóbal Colón, los catalanes hubiesen sido excluidos de la conquista y colonización del Nuevo Mundo. Para tal investigación decidieron contar conmigo. Era mallorquín. Les había honrado en tierras californianas, hablando de la epopeya del capitán Gaspar de Portolà y sus voluntarios catalanes, que acompañaron a los misioneros mallorquines que colonizaron aquellas tierras, y además conté con el aval de Miquel Batllori, que me consideró de inmediato como la persona más indicada para llevar adelante la investigación, e interpondría sus buenos oficios ante el entonces presidente de la comisión catalana del Quinto Centenario -Pere Pi Sunyer- hombre abierto, procedente del exilio y recuperado para la nueva Cataluña en democracia.

Les diré que trabajé sobre el asunto más de un año. Idas y venidas del Archivo de Indias en Sevilla, y al final la conclusión: jamás hubo exclusión de los catalanes en América, ni consiguiente agravio histórico. El segundo viaje de Colón fue prácticamente con catalanes. Y como no quería líos, me preocupé de aportar el registro de todos los catalanes que marcharon a Indias desde el segundo viaje colombino hasta mediados del siglo XVI, así como el conjunto de la legislación adoptada al respecto, incluida la Ordenanza supuestamente discriminatoria. Recuerdo el asombro de Pi Sunyer. I ara Pinya, qué farem? Me preguntó preocupado. Miri vosté, publicar-ho, le contesté de inmediato. Y la obra se publicó, muy a disgusto de ciertos sectores, pero se publicó, aunque con un título un tanto equívoco y muy negociado: La debatuda exclusió catalana-aragonesa d’Amèrica.

Valga este recuerdo personal en homenaje a Cristina. Pero le diré a mi querida amiga, que quizás ya ni me recuerda, que los tiempos han cambiado mucho. Ni ella ni yo, desde la perspectiva de hace veinte años, hubiésemos presentido la actual deriva del nacionalismo catalán. Por entonces comenzaba a dirigir la Generalitat Jordi Pujol. Gobernaba con el apoyo de Esquerra Republicana. Su adversario, la oposición, eran los socialistas, y éstos actuaban como la modernidad liberal y abierta, frente a un nacionalismo que sin ser radical, daba muestras de cierto localismo rancio. Ya ven, la de cosas que han pasado desde entonces. Pienso en los socialistas de verdad, unos por entonces aún nostálgicos del marxismo, otros más bien comprometidos con cierto cartel de ilustrados abiertos y en cualquier caso de ciudadanos comprometidos con la libertad. Su discurso giraba sobre la corrupción de CIU, los escándalos de Banca Catalana y la necesidad de hacer una Catalunya de todos. Pues ya ves Cristina: esta es la Catalunya de todos; la que nada más y nada menos te ha echado a la calle. Tengas suerte. La necesitarás y mucha.

Román Piña Homs en El Telescopio (El Mundo El Día de Baleares)

30 September 2007

Manacor vista por un grupo de arquitectos

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Un llamado Grup d’opinió d’Arquitectes publica hoy en el Diario de Mallorca el siguiente artículo:

Manacor

Si ens demanassin què trobam de Manacor, es probable que molts de nosaltres abans de contestar pensassim que és una ciutat lletja i poc acollidora, sense massa atractiu. I si, per justificar aquesta opinió tan negativa, fessim memòria, recordaríem la manca de zones verdes, les façanes sense acabar, els bucs a mig fer, les voreres estretes, els carrers sense arbres, els edificis de deu pisos al costat de plantes baixes… En definitiva, un conjunt d´imatges que justifiquen aquella primera impressió.
És difícil trobar una única causa d´aquesta situació actual. Hi ha qui ho atribueix a què la gent de Manacor te él costum de sortir del poble per passar el temps lliure i els dies de vacances, i que tot el que falta allà (els parcs i passejos, les terrassetes i els jardins, els cafès i l´ambient) ho van a cercar a fora.
D´altres ho atribuïran en bona part a la normativa urbanística vigent, totalment obsoleta i insuficient per a les necessitats actuals del municipi.

Davant aquesta situació, hi havia l´esperança que en la redacció del nou Pla General d´Ordenació Urbana, es tendrien en compte les necessitats reals del municipi, que es farien propostes concretes de millora de la ciutat, que qualcú s´hauria fet la pregunta “Quina ciutat volem?” i en cercaria les respostes. Però no ha estat així i ens trobam que el nou PGOU, que ara ha estat aprovat inicialment, es limita a complir amb al mínim necessari per poder adaptar-se al Pla Territorial Insular i altres lleis supra-municipals, però presenta mancances molt greus.

Les més significatives són
- No planteja un projecte unitari per a la ciutat que articuli el teixit urbà i doni connectivitat al viari. Es limita a fer afegits poc cohesionats. Proposa, per exemple, creixements residencials i de serveis mes enllà del curs del desviament del torrent, una autèntica frontera de gran fondària i amplària quasi insalvable si no és amb grans ponts.
- Promou una ciutat zonal en lloc de la ciutat compacta pròpia de l´urbanisme mediterrani històric. Això fomenta el desplaçament en cotxe i no potencia la vida al carrer, ni un espai públic que hauria de ser amable, divers i plural.
- Preveu creixements excessius de zones industrials i de serveis, que es limiten a exhaurir allò permès per les lleis, sense tenir en compte de quina forma seran els seus marges ni la façana que es generarà en la ciutat. Així els principals accessos de la ciutat, Palma, Felanitx i Arta, s´hauran de fer travessant llargs polígons industrials. El mateix passarà amb el tren que en la seva arribada deixarà la imatge idíl·lica dels camps per la dels darreres d´un polígon, situació que podria arribar a ser tan desastrosa com la del tren de Sóller quan travessa el polígon de Son Castelló a Palma.
- No s´ha inclòs la revisió del catàleg, marginant elements de riquesa patrimonial molt evidents (Na Camel·la, edificis industrials…) i també, ara que es parla tant de paisatge, zones d´un gran valor paisatgístic i etnològic com són les antigues pedreres de son Jaume Andreu que quedaran enterrades davall la costosa i complexa urbanització d´un polígon industrial.
- No hi ha un plantejament global d´eixos verds o cívics que connectin equipaments i barris per millorar l´accessibilitat dels vianants. El nou PGOU només defineix el traçat del viari com alineacions de carrers amb una certa connectivitat que en alguns casos ni tans sols respecta els traçats dels antics camins d´entrada a la població.
- No inclou anàlisi ni propostes específiques per al casc antic, la zona emblemàtica de qualsevol ciutat europea, actualment amb problemes molt concrets però amb un enorme potencial.

Però encara hi som a temps. Partint de l´anàlisi exposat i tal com també han expressat nombrosos col·lectius, es fa necessari plantejar millores en el nou PGOU, millores que tenguin en compte per damunt de tot, el ciutadà i el sentit unitari en la planificació, i també l´element patrimonial i paisatgístic (tenint en compte la topografia, i preveient en tres dimensions la nova configuració urbana).

16 September 2007

Galería de los reyes de Mallorca en el Ayuntamiento de Palma

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Recogido del Diario de Mallorca de hoy.

crónica de antaño

Galería de los reyes de Mallorca en el Ayuntamiento de Palma

BARTOMEU BESTARD (*)

Cuando uno visita el edificio del Ayuntamiento en Cort, una de las cosas que suelen llamar más la atención es la gran cantidad de cuadros que albergan sus paredes, sobre todo si se visita el Salón de Plenos o los pasillos y salas adjuntos. El grueso de esta colección pictórica lo constituyen los retratos de los hijos ilustres que dio el antiguo Reino de Mallorca y su origen se remonta a finales del siglo XVI, o principios del siglo XVII. La ordenación de todos los cuadros, tal como los vemos hoy en día, es fruto de la reconstrucción del edificio que se realizó después del desastroso incendio que tuvo lugar en Cort el 28 de febrero de 1894 y la posterior reubicación de las diferentes salas, colocándose los cuadros según dispuso Benet Pons i Fàbregues, encargado de la decoración del nuevo Salón de Plenos. Desde entonces, la galería de retratos de los reyes de Mallorca y otros miembros de su dinastía -que puede ser considerada el embrión de la colección pictórica municipal-, se localizan en el pasillo que une alcaldía con secretaría -también conocido como el pasillo de los pasos perdidos-, con la excepción del cuadro del rey fundador: Jaime I, que como se sabe ocupa un lugar destacado en el Salón de Plenos. En este “pasillo de los reyes de Mallorca”, podemos contemplar lo que sin duda es la colección más antigua de retratos al óleo de los miembros de la dinastía mallorquina. Los reyes son: Jaime II, representado con armadura y capa roja; Sancho I, representado con indumentaria cortesana -con túnica y una ostentosa venera- y que curiosamente enseña una rosa en la mano, aludiendo, seguramente, a lo pacífico de su reinado; y Jaime III, con armadura, capa blanca y la espada desenvainada, iconografía que refiere a la denominación del rey como el “Temerario” y a su trágico encuentro con la muerte en la Batalla de Llucmajor, en las sementeras de sa Llapassa. Además, los tres reyes se representan coronados, pues, al contrario de lo que pasa con los reyes de Castilla y León, los de Mallorca -y los de Aragón- sí portaban corona sobre sus testas. Los mismos cuadros aparecen blasonados con las armas del Reino de Mallorca, y una leyenda en la parte superior los identifica. Los otros miembros de la Casa Real Mallorquina son el infante Ferrando, hijo de Jaime II y padre de Jaime III, príncipe del Peloponeso; Jaime IV, hijo de Jaime III; Fray Jaime de Mallorca, hijo primogénito de Jaime II, que renunció al trono para ingresar en la orden franciscana, en la corriente espiritualista; Constanza de Aragón, hermana de Jaime I y fundadora del convento de las Trinitarias en Mallorca o Nuño Sans, tío del rey Jaime I y que tuvo un importante papel durante la conquista de Mallorca. También, en esta galería encontramos retratos de dos monarcas más: el del emperador Carlos I y el de Isabel II, cuya representación en el pasillo se justifica por haber, ambos, visitado Mallorca. Finalmente, cierra la colección un retrato de Aníbal, que según la tradición nació en Balears.

Todos estos cuadros fueron encargados en 1623 por los jurados del Reino, al pintor Antoni Reus, discípulo de Jeroni Xaverí. Parece ser que a la muerte de Reus, continuó el trabajo Miquel Calafat, de quien se tienen muy pocos datos.

La iniciativa de los Jurados de encargar los retratos, a principios del siglo XVII, la debemos atribuir principalmente a dos motivaciones: a la moda que se impone en la Isla, y fuera de ella, de pintar retratos; y a la voluntad por parte de la Universidad de resaltar los episodios y personajes más destacados de la historia del Reino de Mallorca. La primera motivación se explica gracias al cambio de mentalidades y a la transformación del gusto artístico de la época, que propició la aparición de nuevas categorías pictóricas, entre las que encontramos el retrato. Los primeros modelos que se hicieron fueron sobre monarcas y personajes destacados de la Antigüedad. En cuanto a la segunda motivación, mucho menos estudiada, algunos autores defienden que fue provocada por los jurados como acto de reafirmación institucional propia frente a las incipientes iniciativas centralizadoras de los Austrias. En definitiva, no se sabe con certeza cuál fue la auténtica motivación. Lo que es indiscutible es que en ese momento, se inicia la galería de retratos de los reyes del reino privativo; la de varones ilustres; se encargan varios cuadros de grandes dimensiones sobre temas religiosos; pero también sobre figuras como Ramon Llull; sobre la ejecución de los héroes Cabrit y Bassa; del rey Jaime I; sobre escenas de la Conquista… y todas esas iniciativas no son gratuitas. También sabemos con certeza que conociendo la historia de cada uno de esos cuadros, legados todos ellos por nuestros antepasados, tenemos acceso a los pasajes más importantes de la historia de Mallorca.

(*) Cronista oficial de la ciudad

Otros escritos de Bartomeu Bestard:
Los cátaros en el antiguo Reino de Mallorca
Santa Catalina Thomàs

21 April 2007

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