Apuntes

3 February 2008

José Carlos Llop: Mi Alejandría

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Puesto que José Carlos Llop en Memoria y tradición (y 2) hace referencia a este artículo publicado por el Diario de Mallorca el domingo 15 de julio de 2007, lo añado a continuación:

Mi Alejandría

Opino que la nueva desaparición de los premios Ciudad de Palma en castellano -digo nueva porque ya hubo otra a finales de los setenta- no va a representar ninguna tragedia para la literatura mallorquina que se escribe en castellano. Ni siquiera una tragicomedia. Los autores mallorquines que escribimos en castellano -los de ahora y los que vengan- no vamos a ser peores ni mejores porque dejen de existir, o no, esos premios. Tampoco más o menos aceptados. Nuestros libros no van a estar más inspirados, ni van a ser más leidos. Es cierto que pagamos impuestos como los autores que escriben en catalán, pero no tenemos arraigada una conciencia económica de nuestra lengua literaria. No consideramos que esos impuestos deban devolvérsenos en forma de ayuda a nuestro arte, que por cierto hemos escogido libremente y sin que nadie nos obligara. En cierto modo -sólo en cierto modo- como la lengua. Y si no puedo hablar en plural, sí al menos -creo- por los autores cuya obra más conozco y respeto.

De formación literaria originariamente mestiza -a mí me han influido tanto Ferrater, Vinyoli, Pla o Villalonga, como Cernuda, Borges o Álvaro Mutis, y todos ellos, a su vez, tanto como John Donne, Marcel Proust o Ernst Jünger, por citar sólo algunos nombres y distintas lenguas-, los escritores mallorquines en castellano estamos acostumbrados a vivir a la intemperie y creemos algunos que esa intemperie es buena para la literatura. Quizá no lo sea para la comodidad, para la vanidad, o para cierto tipo de tranquilidad, pero para la literatura y para ese origen suyo que reside en el desplazamiento -el verdadero escritor es un ser que vive en los márgenes- sí es buena esa intemperie. De hecho es su hábitat natural. Lo es mucho más que los premios, las medallas, los honores y los aplausos institucionales en la propia casa. Sin despreciar nada de eso lo digo: a quien le gusten que los coleccione. Pero las cosas son como son y, en el siglo XX, los escritores mallorquines en castellano siempre hemos estado entre dos aguas y sin resguardo. Los primeros -Miguel Villalonga o Jacobo Sureda- sin apenas eco exterior, poco reconocidos, en su momento, aquí y allá. Luego Cristóbal Serra rompió en cierta medida -tan escasa como respetabilísima- esa tradición, allá y aquí. Los demás -los de mi generación- no hemos tenido la mala suerte de aquéllos. La literatura mallorquina que se hace ahora en castellano ha conseguido un lugar entre la literatura española, ha sido traducida a otras lenguas -sin ayudas oficiales, al menos hasta donde yo sé- y aparece normalmente tanto en los periódicos nacionales como extranjeros si se da el caso. En cuanto aquí -a Mallorca me refiero- esa literatura es la que es y no hay que darle más vueltas.

Para eso no se ha necesitado más que vivirla -por sus autores- desde la normalidad de la intemperie. La normalidad -por comparación lo digo- del desasistimiento institucional. La normalidad, en casa, de la sospecha o la malevolencia por la lengua elegida. La normalidad de poseer dos lenguas y amar ambas, si es que la relación con una lengua es ésta. La normalidad de la acogida in crescendo -de un in crescendo relativo- de los libros hechos lo mejor posible. Sin alharacas, ni laureles, ni caprichos, ni mimaduras, ni más exigencias que con la propia obra. Nadie nos obligó, repito, a que fuéramos escritores y tenemos los lectores -cada uno de nosotros- que nos merecemos. Pensar que se nos debe algo -por escribir en la lengua que sea- sería, además de mala educación, una falta de respeto a esos lectores y otra mayor a los propósitos que están al fondo de la escritura de cada uno. O que deberían estar.

Pero la ciudad es la que es y la ciudad habla y escribe y es escrita en las lenguas que le da la gana, al margen de cualquier decisión institucional. Cuando Gabriel Fuster Mayans -el periodista Gafim- creó, a mediados de los 50, los premios Ciudad de Palma lo hizo en las dos lenguas: el castellano y el mallorquín o catalán de Mallorca, que entonces llamaron eufemísticamente (era el franquismo, era el tiempo de los eufemismos) lengua vernácula. En las primeras convocatorias los obtuvieron, curiosamente, Jaume Vidal Alcover y Llorenç Villalonga con dos obras en castellano: Esa carne mortal y Desenlace en Montlleó: entonces se llamaban Jaime y Lorenzo. Luego -continúo con el franquismo- lo ganaron indistintamente, en castellano y en catalán, varios de nuestros escritores, aunque, siempre, el premio en catalán destacó sobre el otro. Veinticinco años más tarde -bajo la influencia de una visión más forana que palmesana de lo que deben ser unos premios literarios (en nuestra cultura hay más escritores nacidos en pueblos que en Palma)- se suprimieron los premios en castellano y quedaron sólo en catalán. Hasta hace tres años, que volvieron a serlo en castellano y ahora, de nuevo, sólo en catalán.

Ésta es la tradición de los premios Ciudad de Palma, no otra. Una tradición que podría malinterpretarse ideológicamente. Pues no se engañen. No es la derecha la que apoya la literatura en castellano y la izquierda la literatura en catalán. Eso es una chorrada monumental. La verdad es que la literatura, en Mallorca, importa poco. Los editores se quejan siempre del bajo índice de compradores de libros -por tanto de lectores- en comparación con otras zonas de España, ya no mencionemos Europa. Y los que hay, están tanto en la derecha como en la izquierda, quiero creer: la lectura no es un monopolio ideológico. En cuanto a los Ciudad de Palma, quizá haya algo de polémica -poquísima: no vale la pena, ni serviría de nada- por la supresión de la modalidad en castellano, pero todos los escritores mallorquines en castellano sabemos, por ejemplo, que el Institut d´Estudis Baleàrics -que ha funcionado durante el gobierno de la derecha- no ha hecho nada, absolutamente nada, por nuestros libros. Ni lo queríamos -al menos yo-, ni considerábamos que tuvieran que hacerlo -al menos yo-, pero un poco de cortesía -caso Frankfurt, por ejemplo, pero hay más- no habría estado mal. La cortesía de reconocer al otro, que también es. Lo mismo digo respecto a los Ciudad de Palma, aunque estoy de acuerdo con Vallés (premio Ciudad de Palma de periodismo, en castellano, por cierto): ha servido para quitarnos de encima a madame Castaño. Eso sí: si la literatura fuese pintura y diese el dinero que da ésta, su prestigio esnob y su nula capacidad de entendimiento para hacer el figurón por ahí, no lo duden, habría premios hasta en swahili y nos pondrían en clase bussiness y con azafata particular para que nos animáramos -en caso de pintar o esculpir en castellano- a estar donde hiciera falta. Y es que los mallorquines somos muy plásticos y esto no es un artículo político, ni va contra nadie. Por mucho que algún listillo esté dispuesto a afirmar lo contrario.

José Carlos Llop: Mi Alejandría (Publicado el 15/07/2007 en el Diario de Mallorca

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