Apuntes

26 May 2008

Los felices años 20 en Mallorca

Filed under: Patrimonio y museos

Recojo el siguiente artículo de José Carlos Llop publicado en la sección de opinión del Diario de Mallorca del domingo 25 de mayo del 2008.

La herencia fantasma

La presencia de los felices veinte en Mallorca apenas dejó huella. Es un paréntesis extraño, con personajes que aparecen en las novelas de Villalonga pululando por Génova y El Terreno y que la Guerra Civil borró del mapa y fumigó después. Como si no hubiera sucedido. Pero donde esa presencia se hizo realidad contemporánea fue en Pollença y tuvo apellidos argentinos. Me refiero a Adan Diehl -fundador del Hotel Formentor- y a Roberto Raumagé -propietario y modernizador de Sa Fortalesa-. Por eso no es extraño -el azar tiene unas reglas más complejas que las del bridge- que esta semana se haya hablado del Hotel Formentor y de Sa Fortalesa y a eso volveré después. Antes, la huella argentina y lo que hay detrás de ella: el afincamiento insular del pintor catalán Anglada-Camarasa a su vuelta de París. Fue allí en París donde su pintura, muy de cóctel a las siete y sleeping-car de madrugada, muy de joyas submarinas y femmes fatales con aficiones equívocas, cautivó a los millonarios argentinos, que le encargaban retratos y compraban paisajes que a veces se asoman en la última pintura de Barceló. Pero Anglada no sólo cautivó a los millonarios, sino también a los pintores. Tras su rastro se afincaron en Mallorca Cittadini, Bernareggi, Montenegro -si es que Montenegro era argentino, que ahora no recuerdo- y otros. Entre esos otros, ricos argentinos con vocación artística, también vinieron los citados Diehl -que compró la península de Formentor a la familia de Costa i Llobera, se dice que por quinientas mil pesetas- y Ramaugé, hijo de un médico bonaerense, y pintor muy a lo Anglada, con el que había coincidido en París.

Del Hotel Formentor se sabe y se ha escrito y ha ocurrido en él todo lo que sabemos -que sabemos mucho- y más. Siempre he sostenido que fue en sus aguas donde el Príncipe de Gales hizo suya a la futura duquesa de Windsor -aunque más acertado sería decir que fue ahí donde Wallis Simpson hizo suyo al príncipe Eduardo- y la lista de sus clientes, de Paul Morand a Winston Churchill, es tan impresionante como inacabable y más de andar por casa, un punto hortera incluso, hacia el final con, eso sí, un glorioso paréntesis literario. A finales de los 50, Cela convenció al hotelero Buadas y relanzó el nombre de Formentor de la mano de la literatura: desde Borges -que fue descubierto internacionalmente con el Premio Formentor- al famoso poema de Gil de Biedma, ya saben: ´y yo pedí,/ grité que por favor que no volviéramos/ nunca, nunca jamás a casa´. Sólo por eso, el Hotel Formentor es más que Historia. Sa Fortalesa no tuvo esa suerte. Convertida por Ramaugé en una espléndida mansión a lo Citizen Kane, el escultor José de Creeft se encargó de decorar sus jardines con un bestiario de piedra tallada estilo art-déco que fue expoliado con el tiempo y el abandono. Los jardines de Sa Fortalesa fueron los jardines de nuestro Bomarzo particular y moderno. La casa -un Manderley cosmopolita con ecos de jazz y fox-trot- el experimento truncado de una Mallorca que pudo ser y no llegó a ser nunca jamás, porque se ha acabado confundiendo aquel cosmopolitismo de entonces con el dinero de hoy. Y nada que ver, caballeros.

Esta semana, ya dije, se ha hablado en la prensa del Hotel Formentor y de Sa Fortalesa. Del primero, por la intención de sus nuevos propietarios -la cadena Barceló- de recuperar los Premios Internacionales Formentor junto con el Govern y de la mano del escritor mexicano Carlos Fuentes, cuya Zona Sagrada fue una de mis novelas favoritas de juventud. De la segunda -siempre la cenicienta del cuento- porque está en venta y es ´la propiedad más cara de España´. Como si eso fuera un valor. Resulta obvio que lo será para la mayor parte de gente, que sólo entiende ya del patrón dinero. Pero ese eslógan es una horterada que simboliza lo que va de entonces a acá en la isla. Después de haber parido a Ramón Llull queda claro que Mallorca tenía que encontrar la piedra filosofal: está bajo nuestros pies, como sabemos desde hace décadas. Ahora hemos tenido el dudoso gusto de convertir Sa Fortalesa de Ramaugé y De Creeft -lo que queda de su sueño de los felices veinte- en ´la propiedad más cara de España´. Para muchos estamos de enhorabuena, pero yo sigo dándonos el pésame: las veces que haga falta.

José Carlos Llop: La herencia fantasma

20 May 2008

El Comte Mal

Filed under: Personajes

Recojo del Diario de Mallorca del día 18 de mayo del 2008.

El Comte Mal, entre la realidad y el mito

Crónica de antaño

La leyenda del Comte Mal se propagó en Mallorca a partir de dos obras literarias escritas en el siglo XIX. La primera de ellas, titulada “La Cruz de Calatrava o el Conde Malo” fue escrita en 1839 por Juan A. Ferrer de Sant Jordi y Vives; la segunda fue compuesta por José Mª Quadrado en 1842, titulándola “Las bodas del Conde Malo”.

El origen de estos relatos sobre el malvado noble, al que se identifica con el que fuera el segundo conde de Santa María de Formiguera (siglo XVII), es desvelado por el mismo Juan A. Ferrer de Sant Jordi al inicio de su obra, advirtiendo que la fuente de donde recibió la tradición era una vieja ama de llaves que había encanecido sirviendo a su familia.

Por tanto, sabemos que entre las leyendas populares mallorquinas debió existir la figura del Comte Mal, el cual se aparecía, muerto ya, montado en un caballo verde por su finca de Galatzó o aullando desde los infiernos. Recordaba Benet Pons i Fàbregues, que vivió en Can Formiguera, es decir en la casa solariega que había sido del legendario conde, que conoció a una sirvienta, na Maria “Burot”, que por las noches oía las cadenas con que el demonio tenía atado al malvado noble. Lo cierto es, tal como explicó en su día José Ramis de Ayreflor, que la leyenda del Comte Mal no es sino una variante de otra leyenda mucho más antigua: la del Comte Arnau (lo Comte Mal), basada en unos hechos que sucedieron entorno a la figura del conde de Pallars, Arnau de Mataplana, durante el siglo XIV en Cataluña.

Leyenda que fue conocida en Mallorca ya desde la época medieval. La actitud del conde mallorquín similar con la del catalán, a pesar de pertenecer a dos épocas diferentes, provocó que el legendario Comte Mal del Principado se solapase con el de la figura del que fuera el segundo conde de Santa María de Formiguera: Ramon Zaforteza (1627-?1694). Pero ¿qué hay de cierto en todo esto?, ¿qué maldades orquestó el conde mallorquín para ganarse el epíteto de “Malo”?

Ramón Zaforteza y Pax-Fuster, de Villalonga y Net, era hijo de Pedro R. Zaforteza (1570-?1639), representante de una de las familias mallorquinas de más elevada esfera en aquella centuria. Éste último tuvo una brillante carrera militar que le supuso importantes recompensas por parte del rey Felipe III: fue nombrado Procurador Real de la Isla, Virrey de la misma y también de Cerdeña. Finalmente, Felipe IV le concedió el título de conde de Santa María de Formiguera, al mismo tiempo que le concedía la jurisdicción civil y criminal en todas las caballerías del término de Santa Margarita que ya poseía por herencia.

Y aquí empezaron los problemas. Cuando Pedro R. Zaforteza intentó imponer el dominio feudal y jurisdiccional sobre los habitantes de Santa Margarita aparecieron los primeros altercados. Cuando murió el primer conde en 1639, su hijo tenía tan solo doce años, el cual heredó esta complicada situación. Su madre, Dionisia Pax-Fuster se volvió a casar con su primo, Alberto Fuster y Pax, un hombre con fama de tener un carácter altivo, rígido y severo. Bajo la sombra de su padrastro se hizo el joven conde, dejándole gobernar sobre el patrimonio y los intereses de casa Formiguera durante su minoría de edad. En esos momentos la situación era muy delicada, debido a los pleitos y divergencias sostenidos entre los Formiguera y la villa de Santa Margarita. Dos litigios, iniciados ya por su padre, eran los que tenía Ramón Zaforteza.

El primero trataba sobre la pretensión que tenía el conde del dominio directo y cobro de diezmos de las tierras comunales de Santa Margarita; en el otro pretendía ejercer la jurisdicción civil y criminal sobre los moradores de sus caballerías en el mismo término municipal. En más de una ocasión se equivocó el joven conde, mal aconsejado por su padrastro, dejándose arrastrar por la soberbia. Esta situación propició la aparición de una serie de episodios violentos que ocasionaron la pérdida de vidas humanas en los dos bandos. Sin duda, fueron estas desafortunadas actuaciones perpetradas durante su juventud las que contribuyeron a que se le conociese, años más tarde, con el sobrenombre del “Comte Mal”.

La tensa situación sólo acabó tras la sentencia del Consejo Supremo de Aragón, que dio la razón al pueblo de Santa Margarita y tras el fallo emitido por el Consejo de las Órdenes Militares que condenaba al conde a pagar quinientos ducados y destierro del municipio “vilero”, acusado de haber mandado matar a Baltasar Calafat, Síndico Especial y Teniente de Procurador Real en la Universitat de Santa Margarita.

Tras los episodios violentos de su juventud, de los que salió mal parado, Ramón Zaforteza quiso rehabilitar el prestigio de su persona y su linaje. Para conseguirlo se consagró al servicio de Su Majestad. Levantó varias compañías militares a su costa para actuar en Cataluña. En 1653, fue nombrado Maestre de Campo y enviado a Girona, para más tarde ser nombrado Procurador Real de Mallorca.

Los años templaron “las fogosas impetuosidades de su juventud”. Fue un buen gobernante, consiguió apaciguar el Reino sacudido durante toda la centuria por las violentas refriegas entre las diferentes banderías. Reformó y amplió Can Formiguera, levantando una torre, aún hoy visible en el sky line de la ciudad, y que según la leyenda fue construida para poder observar a una joven clarisa de la que estaba enamorado.
A pesar de casarse dos veces, Ramón murió a los sesenta y siete años sin haber logrado tener descendencia. Con él acabó su Casa, pero también se inició la leyenda del oscuro caballero al que se le atribuyeron historias oscuras, jamás debió sospechar que durante generaciones sería recordado como el Comte Mal

Bartomeu Bestard: El Comte Mal, entre la realidad y el mito

20 March 2008

Sobre Gaspar de Jovellanos en Mallorca

Filed under: Personajes

Garpar de Jovellanos estuvo preso en Mallorca entre 1801 y 1808. Al celebrarse este año el segundo centenario, varios escritores comentan el suceso.
Recojo el artículo publicado por el Diario de Mallorca el día 16 de marzo de 2008 escrito por Bartomeu Bestard.

Gaspar Melchor de Jovellanos, mallorquín de adopción

Este año el ayuntamiento de Palma conmemora el doscientos aniversario de la liberación de Jovellanos, recluido en Mallorca entre 1802 y 1808. La presencia de este personaje en la isla, aunque corta en el tiempo, debe ser considerada como un importante episodio de nuestra historia decimonónica.

Gaspar Melchor de Jovellanos y Ramírez nació en Gijón (1744), en el seno de una familia hidalga. Estudió en la Universidad de Alcalá de Henares, considerada en aquellos momentos como la más prestigiosa de España. En el momento de presentarse a la canonjía doctoral, en Galicia, persuadido por sus familiares y amigos, abandonó la carrera eclesiástica y se decantó por el Derecho

Los que conocieron personalmente a Jovellanos coinciden en afirmar que era un hombre encantador, de caballerosidad cristiana: aseado, sobrio en el comer y en el beber, atento en el trato, religioso -sin beaterías-, discreto en el vestir, amante de la verdad -por cruda que fuese-? pero sobretodo era un hombre generoso.
Con veintidós años tuvo su primer destino en Sevilla, dónde fue nombrado Alcalde del Crimen, allí vivió durante diez años (1768-1778). En aquellos momentos Sevilla era un importante centro de la ilustración española y Jovellanos se adaptó muy pronto a aquel ambiente. En 1778 fue destinado a Madrid y allí asistió a las tertulias de Campomanes, en donde “buscaban la mejora del pueblo desde las élites ilustradas”. En estos momentos Jovellanos ya gozaba de prestigio intelectual. No en balde fue nombrado Ministro de la Real Junta de Comercio (1783) y director de la Sociedad Económica de Madrid, entre muchas otras cosas. Pero muy pronto sus atrevidas iniciativas provocaron el recelo de la nobleza y de la Inquisición, instituciones que en aquellos momentos gozaban de importantes prerrogativas, y que ahora veían peligrar. Las intrigas, las calumnias y persecuciones contra su persona, dirigidas desde la sombra por el ministro Caballero desembocaron en su detención en Gijón (1801) para posteriormente ser embarcado para ir a Mallorca.

Jovellanos llegó a la Isla el 18 de abril de 1801. Inmediatamente fue enviado preso por el gobernador militar a la Cartuja de Valldemossa. La torre medieval del convento, antigua dependencia del palacio del rey Sancho I, se convirtió en la cárcel de nuestro protagonista. Su estado de salud era pésimo con lo que el prior Miquel Pascual, saltándose a la torera las estrictas órdenes del gobernador militar, permitió que el preso pasease libremente por las dependencias cartujanas. Participó en la vida de la Cartuja como un monje más, renunciando a los privilegios que le concedían los religiosos. Pronto empezó a recibir visitas por las tardes y atendió una a una las solicitudes de los vecinos. Allí entabló amistad con representantes de la Ilustración mallorquina como Tomás de Verí, el conde de Ayamans, el fraile capuchino Lluís de Vilafranca? Realizó muchas obras de caridad y repartió limosna entre los más necesitados. Sin duda, el paisaje panteísta de Valldemossa le impresionó enormemente. Desde la Cartuja, el prisionero intentó hacer llegar una carta al Rey. Ello provocó, una vez enterado del asunto el marqués de Caballero, la orden de traslado de Jovellanos al castillo de Bellver. De nada sirvieron las súplicas de los monjes arrodillados ante la autoridad para que no se llevasen al asturiano (mayo de 1802). Sin duda, Jovellanos dejó una profunda huella en Valldemossa, huella que todavía se palpitaba con claridad en la memoria de los “valldemossins” a finales del siglo XIX. Una vez en el castillo de Bellver su reclusión fue severa. Su situación, encerrado en una habitación prácticamente sin luz ni ventilación -aunque no en “s´olla” de la torre mayor como a veces se dice-, redundó en su estado de salud: cataratas, dolores reumáticos, problemas en la piel… Esta situación inhumana se alargó hasta 1803, momento en que, por prescripción médica, se le permitió el paseo y los baños en el mar. Hacia 1807, el prisionero tenía prácticamente total libertad “vigilada” de movimiento, aunque tenía prohibido penetrar los muros de la ciudad. En esta época que escribió sus trabajos sobre los monumentos de Palma -que observaba con un catalejo desde la terraza de Bellver-. Esta relajación del cautiverio le permitió entablar relaciones sociales, amuebló sus estancias e incluso formó una nada desdeñable biblioteca. Jovellanos, gozó sobre todo de las visitas de personas de tendencias ilustradas: Tomás de Verí, Juan de Villalonga (de “Can Escalades”), José Barberí, fra Bru Muntaner, o algunos de los miembros más jóvenes del patriciado palmesano, que veían en las nuevas ideas de la Ilustración una herramienta para flexibilizar la rígida y estamental sociedad mallorquina. Con la caída de Godoy (mayo de 1808), Jovellanos fue liberado. Lo primero que hizo fue volver a Valldemossa para visitar a sus amigos los monjes cartujos. Luego visitó Sóller, Alfàbia, Raixa. Días después hizo entrada solemne en Ciutat y desfilando por sus calles recibió el cariño de todos los palmesanos. Abandonó Mallorca el 19 de mayo de 1808. Sin duda, Jovellanos ha sido de las pocas personas que han conseguido el apoyo de todos los mallorquines, sin fisuras, objetivo nada baladí. La sociedad isleña le quiso y le quiere, fue un hombre bueno, ejemplar, no en balde su efigie forma parte de la galería de varones ilustres del Reino de Mallorca.

Bartomeu Bestard: Crónicas de antaño

28 February 2008

Carlos Sambricio: La primera arquitectura moderna en la posguerra

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Reproduzco el interesante artículo de Carlos Sambricio que ha publicado en el Diario de Mallorca del miércoles, día 27 de febrero del 2008 en las páginas de Opinión.

La primera arquitectura moderna en la posguerra

Los dos grandes temas que caracterizaron la ciudad europea del siglo XX fueron la definición de un nuevo tipo de vivienda y la voluntad por definir una política de gestión urbana. Durante el XIX, el tipo de vivienda definido por la burguesía para su uso chocaba radicalmente con el definido para las clases obreras, cuando en un único espacio de poco más de 20 m2 la familia debía no sólo cocinar, vivir el cotidiano y, en una palangana, asearse sino que -como denunciaran los higienistas de la época- en dos jergones dormían hacinadas hasta nueve personas.

La modernidad se inicia cuando baño, dormitorio, cocina y estar aparecen como espacios diferenciados. Y cuando, en torno a 1920, aprovechando la bonanza económica que supuso la neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial (lo que supuso la creación de nuevas fábricas y, en consecuencia, una fuerte migración a las principales ciudades) se produce un más que significativo incremento en el precio de los materiales de la construcción (algunos de ellos en sólo 10 años, llegaron a multiplicarse por cinco), la consecuencia es que -buscando abaratar costes- se plantea una triple preocupación: simplificar el lenguaje arquitectónico; racionalizar el interior de las viviendas y, por último, normalizar y estandarizar el proceso constructivo.

A lo largo del siglo se debatieron las dimensiones y características que debían cumplir las cocinas, baños, dormitorios y “estares”: poco a poco el “espacio mínimo” se fue perfilando y, reflejo de cada momento, fueron las llamadas “casas baratas”, “viviendas mínimas”, “ultrabaratas”, “protegidas”, “bonificables”, “renta limitada”, “reducida”? Cierto que las principales capitales españolas vivieron, durante el primer tercio del siglo, apasionados debates y polémicas sobre el tema, del mismo modo que conocieron también singulares aportaciones; pero es igualmente cierto que otras capitales (Palma, por ejemplo) al no haberse industrializado (al no sufrir un significativo crecimiento demográfico) mantuvieron una forma de vida que sólo cambiaría en torno a los años 50, con la llegada de la primera emigración…

En 1956, y en el marco del Plan Nacional de Vivienda, se construyó en Palma, el Grupo “Generalísimo Franco” -conocido popularmente como “Corea”- compuesto por 568 viviendas. Proyectado al poco de haberse firmado el Pacto Americano (ejemplo estas viviendas de modernidad, por eso recibieron -como sucedió con otras construidas en esos mismos años en distintas ciudades españolas- tal nombre) por vez primera aparecía en la ciudad el reflejo de lo que había sido el debate europeo sobre la modernidad arquitectónica, reflejándose en tres aspectos bien concretos: se abandonaba la solución de manzana cerrada optando en su lugar por el bloque abierto, lo que suponía definir unos espacios interiores en la barriada que podían convertirse en privativas zonas verdes; en segundo lugar, aparecía una nueva forma de organizar la vivienda porque, al suprimirse los tradicionales pasillos, las reducidas dimensiones del distribuidor permitían definir unas zonas de vida y unas zonas de servicio perfectamente comunicadas; por último, el abandono -impuesto, ciertamente, por las necesidades económicas- de la ornamentación en fachada, mostraba a la ciudad decimonónica cual era la primera imagen de modernidad.

Cierto que hoy el conjunto muestra una imagen que quizá desilusione a quien no sepa ver cuál será su realidad tras su rehabilitación integral. Y frente a quienes piden su eliminación quisiera recordar tanto a quienes (sin duda desde la buena fe y la mejor intención) aceptaron sustituir los excepcionales retablos barrocos por una imaginería cuya única virtud era que el halo de santidad aparecía iluminado por novedosas lamparillas eléctricas, del mismo modo que hubo muchos que vendieron (mal) los muebles y enseres que hoy vemos en los anticuarios, sustituyéndolos por “modernos” muebles de formica, como quienes por dos perras dieron salida a una hoy más que valorada cerámica para conseguir, aquellos vasos irrompibles de Duralex. Forzar la desaparición del conjunto supondría empobrecer la historia urbana de Palma, máxime cuando las actuales tendencias de la rehabilitación no buscan recuperar la miseria del pasado y si, por el contrario, aprovechar materiales y técnica para conseguir, con una mejor distribución, una vivienda más digna.

El grupo ´Generalísimo Franco´ es parte indiscutible de la historia de Palma tanto como el barrio construido en Barcelona con motivo del Congreso Eucarístico de 1953 refleja una primera modernidad o la barriada experimental de Villaverde en Madrid, testimonia el momento en que una arquitectura abandonó el monumentalismo herreriano y optó por seguir las pautas que, en aquellos momentos marcaban la reconstrucción europea. O, dicho de otra forma, el momento en que Palma se asomó -por vez primera- a nuestra contemporaneidad.

Carlos Sambricio (*): La primera arquitectura moderna en la posguerra

(*) Catedrático de Historia de la Arquitectura y del Urbanismo en la ETS Arquitectura de Madrid

3 February 2008

José Carlos Llop: Mi Alejandría

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Puesto que José Carlos Llop en Memoria y tradición (y 2) hace referencia a este artículo publicado por el Diario de Mallorca el domingo 15 de julio de 2007, lo añado a continuación:

Mi Alejandría

Opino que la nueva desaparición de los premios Ciudad de Palma en castellano -digo nueva porque ya hubo otra a finales de los setenta- no va a representar ninguna tragedia para la literatura mallorquina que se escribe en castellano. Ni siquiera una tragicomedia. Los autores mallorquines que escribimos en castellano -los de ahora y los que vengan- no vamos a ser peores ni mejores porque dejen de existir, o no, esos premios. Tampoco más o menos aceptados. Nuestros libros no van a estar más inspirados, ni van a ser más leidos. Es cierto que pagamos impuestos como los autores que escriben en catalán, pero no tenemos arraigada una conciencia económica de nuestra lengua literaria. No consideramos que esos impuestos deban devolvérsenos en forma de ayuda a nuestro arte, que por cierto hemos escogido libremente y sin que nadie nos obligara. En cierto modo -sólo en cierto modo- como la lengua. Y si no puedo hablar en plural, sí al menos -creo- por los autores cuya obra más conozco y respeto.

De formación literaria originariamente mestiza -a mí me han influido tanto Ferrater, Vinyoli, Pla o Villalonga, como Cernuda, Borges o Álvaro Mutis, y todos ellos, a su vez, tanto como John Donne, Marcel Proust o Ernst Jünger, por citar sólo algunos nombres y distintas lenguas-, los escritores mallorquines en castellano estamos acostumbrados a vivir a la intemperie y creemos algunos que esa intemperie es buena para la literatura. Quizá no lo sea para la comodidad, para la vanidad, o para cierto tipo de tranquilidad, pero para la literatura y para ese origen suyo que reside en el desplazamiento -el verdadero escritor es un ser que vive en los márgenes- sí es buena esa intemperie. De hecho es su hábitat natural. Lo es mucho más que los premios, las medallas, los honores y los aplausos institucionales en la propia casa. Sin despreciar nada de eso lo digo: a quien le gusten que los coleccione. Pero las cosas son como son y, en el siglo XX, los escritores mallorquines en castellano siempre hemos estado entre dos aguas y sin resguardo. Los primeros -Miguel Villalonga o Jacobo Sureda- sin apenas eco exterior, poco reconocidos, en su momento, aquí y allá. Luego Cristóbal Serra rompió en cierta medida -tan escasa como respetabilísima- esa tradición, allá y aquí. Los demás -los de mi generación- no hemos tenido la mala suerte de aquéllos. La literatura mallorquina que se hace ahora en castellano ha conseguido un lugar entre la literatura española, ha sido traducida a otras lenguas -sin ayudas oficiales, al menos hasta donde yo sé- y aparece normalmente tanto en los periódicos nacionales como extranjeros si se da el caso. En cuanto aquí -a Mallorca me refiero- esa literatura es la que es y no hay que darle más vueltas.

Para eso no se ha necesitado más que vivirla -por sus autores- desde la normalidad de la intemperie. La normalidad -por comparación lo digo- del desasistimiento institucional. La normalidad, en casa, de la sospecha o la malevolencia por la lengua elegida. La normalidad de poseer dos lenguas y amar ambas, si es que la relación con una lengua es ésta. La normalidad de la acogida in crescendo -de un in crescendo relativo- de los libros hechos lo mejor posible. Sin alharacas, ni laureles, ni caprichos, ni mimaduras, ni más exigencias que con la propia obra. Nadie nos obligó, repito, a que fuéramos escritores y tenemos los lectores -cada uno de nosotros- que nos merecemos. Pensar que se nos debe algo -por escribir en la lengua que sea- sería, además de mala educación, una falta de respeto a esos lectores y otra mayor a los propósitos que están al fondo de la escritura de cada uno. O que deberían estar.

Pero la ciudad es la que es y la ciudad habla y escribe y es escrita en las lenguas que le da la gana, al margen de cualquier decisión institucional. Cuando Gabriel Fuster Mayans -el periodista Gafim- creó, a mediados de los 50, los premios Ciudad de Palma lo hizo en las dos lenguas: el castellano y el mallorquín o catalán de Mallorca, que entonces llamaron eufemísticamente (era el franquismo, era el tiempo de los eufemismos) lengua vernácula. En las primeras convocatorias los obtuvieron, curiosamente, Jaume Vidal Alcover y Llorenç Villalonga con dos obras en castellano: Esa carne mortal y Desenlace en Montlleó: entonces se llamaban Jaime y Lorenzo. Luego -continúo con el franquismo- lo ganaron indistintamente, en castellano y en catalán, varios de nuestros escritores, aunque, siempre, el premio en catalán destacó sobre el otro. Veinticinco años más tarde -bajo la influencia de una visión más forana que palmesana de lo que deben ser unos premios literarios (en nuestra cultura hay más escritores nacidos en pueblos que en Palma)- se suprimieron los premios en castellano y quedaron sólo en catalán. Hasta hace tres años, que volvieron a serlo en castellano y ahora, de nuevo, sólo en catalán.

Ésta es la tradición de los premios Ciudad de Palma, no otra. Una tradición que podría malinterpretarse ideológicamente. Pues no se engañen. No es la derecha la que apoya la literatura en castellano y la izquierda la literatura en catalán. Eso es una chorrada monumental. La verdad es que la literatura, en Mallorca, importa poco. Los editores se quejan siempre del bajo índice de compradores de libros -por tanto de lectores- en comparación con otras zonas de España, ya no mencionemos Europa. Y los que hay, están tanto en la derecha como en la izquierda, quiero creer: la lectura no es un monopolio ideológico. En cuanto a los Ciudad de Palma, quizá haya algo de polémica -poquísima: no vale la pena, ni serviría de nada- por la supresión de la modalidad en castellano, pero todos los escritores mallorquines en castellano sabemos, por ejemplo, que el Institut d´Estudis Baleàrics -que ha funcionado durante el gobierno de la derecha- no ha hecho nada, absolutamente nada, por nuestros libros. Ni lo queríamos -al menos yo-, ni considerábamos que tuvieran que hacerlo -al menos yo-, pero un poco de cortesía -caso Frankfurt, por ejemplo, pero hay más- no habría estado mal. La cortesía de reconocer al otro, que también es. Lo mismo digo respecto a los Ciudad de Palma, aunque estoy de acuerdo con Vallés (premio Ciudad de Palma de periodismo, en castellano, por cierto): ha servido para quitarnos de encima a madame Castaño. Eso sí: si la literatura fuese pintura y diese el dinero que da ésta, su prestigio esnob y su nula capacidad de entendimiento para hacer el figurón por ahí, no lo duden, habría premios hasta en swahili y nos pondrían en clase bussiness y con azafata particular para que nos animáramos -en caso de pintar o esculpir en castellano- a estar donde hiciera falta. Y es que los mallorquines somos muy plásticos y esto no es un artículo político, ni va contra nadie. Por mucho que algún listillo esté dispuesto a afirmar lo contrario.

José Carlos Llop: Mi Alejandría (Publicado el 15/07/2007 en el Diario de Mallorca

Memoria y tradición (y 2)

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Continúo con el artículo de José Carlos Llop sobre las fiestas de San Sebastián de Palma y cuyo primer artículo fue Sobre las fiestas de San Sebastián en Palma (I)

Memoria y tradición (y 2)

Cuando el anterior gobierno municipal decidió reinstaurar los Premios Ciutat de Palma en castellano escribí que estos premios no eran necesarios para mejorar literatura alguna -ningún premio mejora la mala ni la buena literatura, por mucho que algunos premiados se lo crean- pero que la medida permitía que los jóvenes escritores mallorquines que escriben en castellano -palmesanos en su mayoría- pudieran acceder al premio literario de su ciudad natal y obtenerlo incluso, cosa que, en principio, no está mal. O por lo menos no tanto como que no puedan hacerlo, me temo. No por la literatura en sí -a un verdadero escritor la existencia o inexistencia de un premio no le perjudica-, sino porque es raro tener las puertas de casa cerradas. He escrito raro, nada más, pues a todo se acostumbra uno, incluso a que se quejen permanentemente los que más cuidados están -en casa, al menos-. También dije que pertenecía a una generación a la que se le había pasado el arroz para presentarse a ese premio -no tuvimos la oportunidad cuando, por edad, era el momento- y que, por tanto, su existencia, o no, nada tenía que ver con ilusiones personales que -en ese sentido al menos- no existían, ni existen. Expuse mi parecer ante un asunto donde creí que debía hacerlo -ya que despertó cierta polémica en prensa- dada mi condición de escritor mallorquín en castellano y colaborador de este periódico. Nada más. Pero luego vino el asunto de los nombres.

Una vez se aprobó la dualidad lingüística de los premios se optó por bautizar los reinstaurados con los nombres de Rubén Darío -el de poesía- y Camilo José Cela -el de novela-. Yo, eso, con todos los respetos que sean necesarios para el papel modernizador de Darío en la poesía hispana, o la importancia en la novela española de la obra de CJC, lo consideré una cursilería pretenciosa, fruto de la ignorancia, y un desprecio a la literatura local y así lo escribí también. El hecho de las estancias mallorquinas de ambos autores -breve la de Darío, media vida la de CJC- era como un reportaje del Hola para el entonces concejal de Cultura y eso -pensé yo- debía ser lo que le interesaba realmente, confundiendo el supuesto brillo de la literatura con el relumbrón de los nombres. En fin… Mostré entonces mi discrepancia y sugerí desde estas páginas el nombre de dos mallorquines, pues de eso, creía yo, se trataba: de un premio mallorquín. Esos nombres fueron el del narrador Miguel Villalonga -tan marginado en su propia casa- para el premio de Novela y el del escritor Cristóbal Serra -cuya obra está vertebrada por un aliento poético que sería muy distinto de no haber nacido aquí- para el premio de Poesía. Dije incluso que si no querían a un autor vivo -que es el caso de Cristóbal y que siga siéndolo por mucho tiempo- se podía emplear el nombre de Joan Alcover -como Juan Alcover- en la modalidad de poesía, que ya se emplea para poesía catalana. No era una herejía: lo había hecho el propio Alcover durante los años en que escribió en castellano, que no fueron pocos. Por supuesto no se hizo caso de mis estrambóticas sugerencias -Diario de Mallorca no era un periódico grato para el concejal, que tenía y tiene otras querencias empresariales- y los premios se llamaron, evidentemente, Rubén Darío y Camilo José Cela, asunto éste último que hizo que Marina Castaño pudiera pasearse ufana como jurado de novela -¡ya me dirán ustedes de dónde el pedigrí!- por la tierra que ella misma declaró non-grata cuando Cela abandonó la isla de su brazo. Lo dicho: el Hola; o mejor: el Diez Minutos.

Con el cambio de gobierno municipal en las pasadas elecciones se volvió a eliminar la versión castellana de los premios de novela y poesía, tal como había ocurrido a los casi veinticinco años de su creación. A mediados de julio pasado ya publiqué un artículo titulado Mi Alejandría sobre eso y a él me remito, por si a alguien le interesa, para que luego no venga el concejal Grosske con sus falsedades, a decir que no he escrito nunca sobre lo que sí he escrito. Pero he de volver perezosamente sobre el asunto porque en las últimas fiestas de Sant Sebastià nuestra alcaldesa dijo algo así como que “hay que recuperar el espíritu de los Ciutat de Palma”, insistiendo en lo que ya había dicho en verano sobre recuperar la tradición de los premios. No, mujer, si el espíritu era otro. O lo fue desde su fundación a mediados de los 50 hasta los años 80. La tradición de los premios era bilingüe, como su espíritu. O así fue hasta los años 80. Que las tradiciones puedan disfrazarse y mutar y el espíritu renovarse, pues bien, con el tiempo, quizá. Pero entonces no hablemos de recuperar. Si en esos últimos tres años de premios Ciutat de Palma en dos lenguas se ganó algo, yo no lo sé, pero desde luego no se perdió ninguna esencia, nada se perdió, créame; nada absolutamente. Por mucho que algunos apuntaran lo contrario. Fuera cual fuera la intención política -si la hubo o no, eso es otro artículo- de los que reinstauraron el premio en castellano, fue entonces cuando se recuperó la tradición originaria y el viejo espíritu de los Ciutat de Palma, nacidos en 1955, no anteayer.

José Carlos Llop: Memoria y tradición (y 2). En el Diario de Mallorca del domingo día 3 de febrero de 2008

Ver artículo de José Carlos Llop: Mi Alejandría

27 January 2008

Sobre las fiestas de San Sebastián en Palma (I)

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Recojo un artículo de Jesé Carlos Llop publicado en el Diario de Mallorca de día 27 de enero del 2008 sobre las Fiestas de San Sebastián, patrón de Palma, recién pasadas y en las que los demonios de la Part Forana invadieron la ciudad.

Yo nací y crecí en una Palma cuyas fiestas patronales consistían en dos actos públicos, uno de ellos restringido a rigurosa invitación. En Sant Sebastià se celebraba una misa en la catedral, con procesión por la calle Palau Reial (entonces General Goded y antes de eso, Palau o Palacio), donde desfilaban los maceros de Cort (que a mí me parecían hermanos gemelos salidos del séquito de Isabel la Católica), los Tamborers de La Sala y la policía municipal de gala, montada a caballo. Esta procesión era muy parecida a la celebrada tres días antes por Sant Antoni -Ses Beneïdes- sólo que si ahí había ciudadanos con sus animales domésticos, aquí había concejales y demás autoridades. Luego, por la noche, el Ayuntamiento daba una cena -la de los Premios Ciudad de Palma, esta sí con invitación- en El Círculo -y algún año en El Pueblo Español-, también de gala, aunque escritores y otros artistas invitados se tomaran a veces ciertas libertades en la vestimenta. Es cierto que yo nací y crecí en un régimen dictatorial, ya saben, Franco bajo palio, el Concordato y todo eso, donde el tanto monta, monta tanto -por seguir con la reina Isabel- se aplicaba a la Iglesia y al Estado. De ahí, supongo, que sólo se celebraran dos actos -uno religioso y otro civil-, en una época donde la austeridad -¡bendita austeridad!- marcaba todas las pautas públicas y privadas y no había presupuesto -ni ganas, aún- para mucho jolgorio. . Era lo que Carlos Barral llamó con acierto años de penitencia.

Una vez en democracia pareció -sólo lo pareció- que la vida iba a ser una fiesta y los ochenta -la década donde las fiestas patronales de Palma se convirtieron en algo verdaderamente festivo, a imitación, en escala urbana, de las que se celebraban en los pueblos o en otras ciudades con más solera festiva-, los ochenta, digo, fueron bautizados por Javier Marías, también con mucho acierto, como la edad del recreo. Y la verdad es que eso parecía la cosa entonces: como si de la rigidez de las aulas, nos hubieran soltado -el verbo es adecuado- al patio, al recreo. Hablo de memoria colectiva, que lo personal siempre tiende a los matices y las diferencias. (Y de esa época recuerdo con especial afecto el Festival de Jazz, que luego hicieron desaparecer, desterrándolo a la nada e importando, el concejal Rodríguez, sus coheterías levantinas de gran estruendo y colorido).

Pero vuelvo al tiempo donde nací y crecí. Recuerdo que saliendo de Palma siempre esperaba El Dimoni al pasar por Algaida. Amenazaba con el tridente de madera -sa forca- a los escasos automóviles y hacía cabriolas, como de poseído. Recuerdo que había dimonis en Artà y también en Sa Pobla y Santa Margalida, y que aquellos dimonis estaban asociados a Sant Antoni y sus tentaciones y a La Beata -protegida por Sant Antoni- y la rótura del cántaro de barro. Eso recuerdo y también que parecían salidos de las páginas de Ses Rondaies, donde el demonio tenía, entre otros, un nombre tan simpático como Barrufet. (De ahí, supongo, que Cristóbal Serra nos dijera siempre que al mal se le combate desde el humor). Pero no recuerdo dimonis en Palma. Nunca. No sé, pues, de dónde se los ha sacado el concejal Grosske, que es de mi generación. Como tampoco sé a qué viene en estas fechas lo del fogoso Correfoc, una cosa que se instauró hace poco, unido a la noche de San Juan y el solsticio de verano -donde el fuego y la purificación tanta importancia han tenido siempre y por eso, tal vez, los grupos teatrales contemporáneos estén empeñados en unir fuego, purificación y Averno en su imaginario, como hacían los inquisidores. Pero todo eso -recuerdo ahora a Els Comediants y luego a La Iguana y sus mutantes, antorchas y gigantescas bengalas- ocurría la noche del 24 de junio, no la del 20 de enero. Por eso tampoco entiendo qué hace el Atiarfoc o cómo se llame, del señor Grosske, en Sant Sebastià. Ya puestos, no sé porque no se han vestido todos de romano y escenificado a lo siglo XVIII -que tan aficionados eran al disfraz- el martirio del patrón. Un patrón, por cierto, cuya reliquia -me dicen- permaneció solitaria y abandonada en el presbiterio la mañana del Oficio en La Seu, sin que nadie se acercara a presentarle sus respetos. Claro que, visto lo visto, tal vez sea yo el confundido y las fiestas de Palma sean un pretexto para la horterada de teñir de rojo la catedral. Aviados estamos si vuelve -ahora que todo vuelve- la peste un día de estos. Ya me dirán a quién nos encomendamos.

José Carlos Llop: Memoria y tradición (I)

Continúa en Memoria y tradición (y 2)

14 January 2008

Pregón de San Sebastián 2008

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Copio a continuación el Pregón realizado por Gaspar Valero el día 13 de enero del 2008 por las fiestas de San Sebastián de Palma.

Molt honorable Batlessa de Palma, digníssimes autoritats, senyores i senyors.

Abans de començar, vull donar les gràcies a l’Ajuntament de Palma, per haver-me confiat la responsabilitat i l’honor d’encetar amb aquest pregó les jornades festives del patró de Palma, Sant Sebastià. Per suposat, també he d’agrair la vostra assistència i donar-vos els molts d’anys.

Evocació de la Ciutat de Mallorca a través de la història, el patrimoni i la literatura

Una ocasió com aquesta, el pregó, és una convidada a gaudir de la festa, és una crida a la participació i a la bulla. Ara mateix, travessam el llindar i entram de ple en el programa festiu de Sant Sebastià. Però és aquesta també una bona ocasió per al discurs reflexiu i per recórrer alguns vials i carrerons de la cultura ciutadana. Per això, vull presentar-vos en aquesta acollidora reunió una evocació de Palma en forma de passejada històrica, amb notes de color sobre el patrimoni i els referents literaris.

Assuquí mateix, en aquesta plaça de Cort, bessó de la Ciutat, ens acompanyen dos elements que m’ajudaran a definir la passejada: l’olivera, símbol de perseverança i longevitat que, ha arrelat en plena ciutat i, el segon, la peça mestra que corona la façana de l’Ajuntament, el monumental voladís, obra d’art i de protecció, amb onze personatges esculpits que són també els genis de la ciutat. Tornant a l’arbre, em vénen a la memòria els versos del poema “L’olivera mallorquina”, de Josep Lluís Pons i Gallarza, on esdevé també emblema d’esperança i de mallorquinitat. En el diàleg entre el poeta i l’arbre, aquest és, metafòricament, la memòria de Mallorca:

Conta’m vella olivera,
mentre sec alenant sobre la roca,
noves del temps d’enrera
que escrites veig en ta surenca soca…

Així idò, a l’empara de l’olivera i a recer del millor voladís d’aquesta part del mediterrani, vull contar-vos “noves del temps d’enrera” que han tengut per escenari la nostra ciutat i el seu terme.

Des que tenim memòria històrica, aquesta contrada situada a redòs de la badia, ha agombolat la vida humana, ha conservat l’escalfor de la llar i el regust agredolç de la vida. Coves pretalaiòtiques que ençà i enllà crivellen ancestralment la terra i poblats talaiòtics com el de Son Oms, són testimonis destacats d’aquesta antigor.

L’any 123 aC una expedició romana dirigida per Quintus Caecilius Metellus, va conquerir militarment les Balears. Les naus romanes anaven protegides amb pells dels tirs de fona. Els illencs, valents i agosarats, sortiren a l’encontre dels romans, però foren derrotats i tornaren a terra, on s’amagaren. Segons el cronista Florus, “fou necessari cercar-los per sotmetre’ls, ja que s’havien amagat als tumuli “, és a dir, als talaiots.

Palma, que vol dir ‘la victoriosa, la que té el símbol de la victòria’, fou una de les dues ciutats fundades per Cecili Metel, juntament amb Pol·lèntia. Les ombres i els clarobscurs planegen sobre la nostra urbs romana. I això, bàsicament, perquè les arrels de la ciutat nodreixen de saba un urbanisme encara ben viu; certament, no com el jaciment rural de Pol·lèntia, que mostra les millors pàgines obertes del passat romà de Mallorca però, ai làs! són ruïnes estroncades de la continuïtat de la vida. Tanmateix el substrat clàssic, hi és present, a Palma i novetats recents com les excavacions de sa Calatrava i de l’Avinguda d’Antoni Maura, vora l’hort del Rei, ens recorden que la terra amaga els seus tresors i sorpreses. Ha de quedar clar que tot el centre antic de Palma és un monumental jaciment arqueològic. No tenim cap dret a destruir el seu missatge de segles, sinó a excavar científicament i a protegir aquestes arrels, integrant-les, realçades, dins una ciutat que creix i es mostra orgullosa del seu passat.

De les dominacions vàndala i bizantina de la ciutat, res en sabem; fou un temps de decadència urbana, sens dubte. El ressorgiment de la ciutat es produeix a partir de l’any 902, amb la conquesta islàmica d’Isam al Jawlani. Però, qui recorda el nom de tan heroic conqueridor? Quines mostres materials ens parlen de l’esplendor de la Madina Mayurqa? Qui ens pot assenyalar les alqueries i els rafals del seu districte, les mesquites, els banys…? L’agricultura de reguiu hi tenia un pes important, i els molins d’aigua eren exemples d’una economia productiva, com recorden a qui vulgui escoltar els noms musicals i remorosos de les fonts i les síquies, tan malmenades, de Canet o de na Bastera, d’Ain al-Amir o de la font de la Vila, de Xilvar o de Mestre Pere.

El Liber Maiolichinus, una crònica de l’expedició pisano-catalana de l’any 1115 ens rememora aquella època tan antiga: “Hi havia hagut tres ciutats que tenien el mateix nom però podràs designar-les amb un nom diferent. La primera s’anomena Arabatalgidit. … Està cenyida per cinquanta torres fins a Bebelgidit: així s’anomena la segona. Un alt mur que comença a la mateixa Arabatalgidit, envolta el cos de la ciutat i, tocant lleugerament les ones del mar, s’estén per la vorera fins allà on la ciutat Almudaina mostra torres excelses. … El nom comú que es dóna a les tres és Mallorca. Entre elles passa un torrent molt tranquil. Per cinc ponts poden travessar-se les entranyes del torrent quan la força de l’aigua és més gran. Li diuen Ezequin. El riu que flueix més ple s’anomena Enelamir, el qual, conduint les aigües amb canals, donava aigua dolça per beure a tota la població”.

El poeta Ibn al-Labbana cantava, poc abans d’aquesta expedició de 1115, “El dia del Mihrayan”, que era la festa del solstici d’estiu, celebrada amb una processó nàutica a les aigües de la badia de la Madina Mayurqa.

Benvingut sia el dia del Mihrayan!…
Sobre la badia navega
un estol tan cabalós
com les seves aigües.
Ambdós són desbordants!
Volen les filles de la mar, les naus;
les seves plomes són com les del corb,
encara que són en realitat falcons.

Quan el rei Jaume I el Conqueridor, de qui enguany celebram els 800 anys del seu naixement, devers el 10 de setembre de 1229, albirà la Madina Mayurqa des dels costers de na Burguesa, quedà bocabadat i pronuncià unes paraules dignes del millor eslògan, per la lloança que suposen: “E vérem Mallorques, e semblà’ns la plus bella vila que mai haguéssem vista, jo ni aquells qui ab nós eren”.
El cronista Ramon Muntaner, el de la mata de jonc, s’hi apunta, a l’elogi de la ciutat, i diu “que és de les fortes ciutats del món e la millor murada”.
Amb Jaume I i els conqueridors i repobladors catalans, una sang, una llengua, una cultura, una economia, una religió, entraren per la porta gran de la història i ens feren més o menys com som. L’olivera i els genis del voladís, els meus companys de pregó, em diuen que tenen moltes més històries per contar d’aquesta època. Però, el temps vola, i només vull fer notar que l’any 1249 Jaume I instituí el precedent de l’actual govern municipal, la Universitat de la Ciutat i del Regne de Mallorca, amb els seus jurats.

Just després de la conquesta, la ciutat infantà el seu més gran fill, Ramon Llull; aquell que, fins als trenta anys es considerà «trobador de l’amor humà», immers en una vida materialista i mundana i després es convertí en «joglar de Déu». El seu sepulcre, a la basílica de Sant Francesc, ens recorda que fou un savi, un set-ciències, i un home d’acció. Tothom és història, però Ramon Llull és més, és llegenda, la manera més eficient, la vena mítica, de perpetuar la memòria del personatge casa a casa, família a família. És ben hora que, des de les institucions, s’articuli una Ruta de Ramon Llull, com en altres llocs del fora-Mallorca han muntat la Ruta del Císter, la Ruta dels Càtars, o la Ruta de Don Quijote, una ruta homologada que espandesqui cultura i turisme trescant pels paisatges lul·lians, Cura, Miramar, la Real i Sant Francesc.

Jaume II de Mallorca, fill del conqueridor, fou un gran monarca, cap de la corona mallorquina, organitzador i constructor. Palma li deu, ni més ni menys, que el castell de Bellver, la reconstrucció del palau de l’Almudaina, l’inici de la nova seu catedralícia. El seu fill Sanç, rei pacícif i diplomàtic, regnà en una època de vaques grasses i de bonança. El navegant Jaume Ferrer, que presideix la plaça de la Drassana, ens contaria mil-i-una gestes d’aquesta onada expansiva.

Però, les rialles i les folgances s’acabaren prest, a la Mallorca Tardo-Medieval. La pesta Negra de 1348 posà un crespó de dol a totes les cases, de Ciutat i de Mallorca i gelà els cors dels supervivents. L’any següent, la batalla de Llucmajor, amb la mort de Jaume III de Mallorca, representà la desaparició definitiva de la Corona mallorquina. La crisi estava servida. Més tard, la fam, el centralisme ciutadà vers la Part Forana i la prepotència dels poderosos féu alçar la sang i el geni poble: L’Assalt al Call jueu de 1391 en fou el primer toc, l’Aixecament Forà de 1450 el segon.

Entremig, l’any 1403, es produí un terrible desastre, l’anomenat Diluvi. La inscripció que apareix en una pintura gòtica conservada a la Seu conta la terrible inundació: “Fo en Mallorques gran diluvi d’aigües que destruí gran part de la ciutat de la porta Plegadissa fins a la mar, portant-se’n hòmens, dones, enfants que aprés foren per moltes gents soterrats per les marines així com los pogueren trobar, les ànimes dels quals Déu hage”. Segons les cròniques, hi moriren unes 5.000 persones i s’esboldregaren més de mil cases. El cronista Mateu Salcet, que visqué els fets, deixà escrit: “Pareix que allà on eren los dits albergs que jamés no n’hi haja haguts. La terra roman molt desconsolada, així de la mort de les persones com de la pèrdua dels béns, com per la ruïnosa trebucació de la dita ciutat”.

El descontent social covava com un foc colgat i esclatà amb l’aixecament més important contra les injustícies socials i econòmiques: la revolta de les Germanies.
El discurs de Joan Crespí, futur instador del poble, pronunciat dia 6 de febrer de 1521 davant l’assemblea dels menestrals reunida a la casa del Gremi dels Paraires, és una autèntica arenga revolucionària: “Oh senyors i homes honrats, i gent sàvia, digau-me tots fins quan haurem de viure tan agreujats, i patir tants afronts d’aquests senyors cavallerots; els hauria de bastar despullar amb tirania els nostres béns. Però, a més d’això, ens volen maltractar, perquè no consentim i no callam ses males obres… Deixau de ser esclaus i donem-los a entendre que som lliures. Aquí, aquí, homes honrats i valents, donem-los a entendre que ja no podem sofrir més ses tiranies, i que sabem defensar els nostres drets, i posar les vides per les nostres llibertats, que és ben cert, gent honrada, que el seu agosarament no es pot tallar sinó amb mà forta”.
La revolució agermanada comptà amb el suport dels menestrals i la majoria dels pagesos; la ciutat es mantingué com a cap revolucionari entre febrer de 1521 i març de 1523, quan fou ocupada per l’exèrcit reialista del virrei Gurrea. Les víctimes es comptaren per milenars. Precisament, aquest és l’origen del patronat de San Sebastià, advocat contra la pesta; segons la tradició, l’any 1523 arribà a Mallorca una relíquia d’aquest sant, procedent de l’illa grega de Rodes, que posà pau i retornà la salut a aquest regne tan desagnat. 120 anys més tard, fou nomenat patró de la ciutat.

La ciutat renaixentista és només un tel superficial, un toc apol.lini, seriós, clàssic, rectilini, de domini de la raó, en una població tan dionisíaca, és a dir, de preponderància del sentiment, de la línia corba, del barroquisme. Un detall d’aquest renaixement seria la crònica que el notari Joanot Gomis féu amb motiu de la visita de l’emperador Carles V a Palma, l’any 1541: “El Born estava tan ple de gent i hornat, per les finestres, de tantes dames i senyores, que sa majestat no pogué estar de no lloar-lo. I segons se diu oiren d’ell estes formals paraules: Oh que buenas calles y paredes como parecen bien! ¿Son tan buenas dentro como defuera? I dient-li que millors, digué: Será tan grande como Barcelona”.

Per aquelles saons, primerament el llumeneret de la Contrareforma, que anava ben encès, i després l’espiritualitat i la pietat del barroc, nodreixen la creació d’un bon nombre de convents de monges tancades i de frares o religiosos. És la ciutat que queda radiografiada al plànol de la ciutat de Mallorca del pare Garau, de 1644, miniatura deliciosa de la ciutat levítica i senyorial.

L’any 1598 es pot considerar la data d’inici de les lluites de bàndols anomenades Canamunt i Canavall, que ensagnaren la primera meitat del segle XVII mallorquí. Conten que quan Nicolau Rossinyol trencà la relació amb n’Elisabet Anglada, s’escamparen calúmnies i insults entre una i altra família, especialment per part de la mare de la donzella. La violència, que cercava una escletxa per on escolar-se, esclatà. Encara diuen, quan la cosa és massa: “Aquí n’hi ha per na Bet i sa mare”. Un punt de màxima inseguretat fou l’any 1619, amb l’assassinat del jutge Jaume Joan de Berga. La memòria popular també el recorda: “Què em som jo de la mort d’en Berga” es diu quan el dret a la innocència és qüestionat.

Els grans terratinents, molts d’ells nobles ciutadans, controlen la situació i la renda de la terra a Mallorca. Fruitar la terra, sovint es fa difícil, amb males anyades com la de 1613, d’on ve la frase ‘quedar espantat com el blat de l’any 13’. La lluita per la vida és un repte per a la majoria, com en la llenderada terrible de la pesta bubònica de 1652.

Però, la vida continua i, en un món de contrasts i paradoxes, també hi ha ostentació. El final del segle XVII i la primera meitat del segle XVIII és l’època central del barroc. Palma es converteix en una ciutat de patis: Can Olesa, Can Vivot, el casal Solleric i cent casals més. Amb quina emoció els evoca Miquel dels Sants Oliver al poema “Les cases senyorials”:

Entrades, famoses
entrades gegants,
totes harmonioses,
totes ressonants,
totes habitades d’ecos vigilants…

Després de la guerra de Successió, el decret de Nova Planta aboleix les institucions honorables de l’antic Regne de Mallorca. La Universitat de la Ciutat i del Regne deixa pas a l’ajuntament de Palma, i els jurats desapareixen i són substituïts pels regidors. Amb una decisió certament erudita, es desenterra el nom romà de Palma i s’amaga el de ciutat de Mallorca. Amb molta manya i premeditació, s’intenta enterrar també l’ús institucional de la nostra llengua pròpia, i fins i tot, fer desaparèixer la llengua com a tal, com si es pogués esborrar el batec de l’esperit. Tanmateix, un ús institucional tan arrelat fa que passin dècades abans d’aconseguir –momentàniament- un objectiu tan depredador.

A finals de segle XVIII, és l’època dels il·lustrats, de la Societat d’amics del País. Un bon exemple del seu quefer científic i planificador és el Mapa de Mallorca d’ Antoni Despuig, futur Cardenal, de l’any 1784. La vinyeta que dedica a la ciutat diu, entre d’altres coses: “Palma, capital de la isla, llamada así por los romanos y edificada a la orilla del mar, tiene de circuito 5250 varas castellanas. Su fortificación es a la moderna, con muy buenas murallas que componen 12 baluartes… Hay en la ciudad algunos edificios suntuosos… El numero de vecinos con sus arrabales y distrito son 8.299 y 31.965 almas”. Com s’estranyaria, l’il·lustre purpurat, si sabés que en 220 anys hem multiplicat per dotze el nombre d’habitants de Palma!.

Gaspar M. de Jovellanos, escriu sobre Palma, i va bé recordar-ho, ara que fa 200 anys del final del seu empresonament al Castell de Bellver: “De cualquiera parte que se mire la escena, en que fue colocada la ciudad de Palma, aparecerá muy bella y agradable; pero observada desde aquí se presenta sobremanera magnífica. (…) La insigne ciutad de Palma, se alza orgullosa para ennoblecer el magnífico cuadro, que reune cuanto hay de más bello en la naturaleza hermoseada por el arte”.

L’any 1835, la desamortització de Mendizàbal generarà un pla destructor de patrimoni de grans dimensions, amb enderrocament de convents i esglésies i la dispersió i desaparició de milenars d’objectes d’art, procés que culminarà amb l’esbucament del convent de Sant Domingo, el 1837.

Avançat el segle XIX, els viatgers romàntics s’enamoren de l’illa i de la ciutat. George Sand, la que ens regalà un dels primers eslògans turístics: “Mallorca és la verda Helvècia, sota el cel de Calàbria, amb la solemnitat i el silenci de l’Orient”, també parla de Palma, com quan diu: “A primera vista, la capital mallorquina no revela tot el caràcter que té. És en recórrer-la per dintre, en endinsar-vos pels carrers profunds i misteriosos a la nit, quan us impressionen l’elegant estil i l’original disposició fins i tot de les construccions més insignificants”.

Pau Piferrer, un altre representant del romanticisme literari escriu, el 1842: “¿Cómo no admirar aquella espléndida bahía, en cuyo seno adormida Palma levanta al cielo sus torres, su catedral o su lonja, o se mira en el espejo de las aguas, mientras en la vecina cumbre vela el antiguo Bellver, ceñido de espesos muros?”

L’any 1875 s’inaugura el primer ferrocarril, el de Palma a Inca. És la revolució industrial que arriba a Mallorca amb tan gran innovació en els transports. Però, hi ha molts d’altres testimonis, d’aquesta modernització; les indústries i el món empresarial i burgès fan acte de presència, més del que ens han contat, en una illa que sembla netament rural i caciquil. Mentre, l’Arxiduc Lluís Salvador, al Die Balearen analitza la ciutat i lloa el paisatge que es destria des d’un punt del fora porta, Son Dureta: “s’hi contempla un panorama bellíssim format per la ciutat i la badia. Per ventura sigui la vista més bella que hom pugui gaudir des dels voltants de Palma, sobre tot cap al tard, quan les ombres es fan més pregones, llambreja a la mar l’or de la tarda i la murada i la Seu mostren un daurat encès que ressalta quan és comparat amb la maragda de l’horta”.

Els darrers anys del segle XIX, Miquel dels Sant Oliver, a la narració titulada l’Hostal de la Bolla, conserva el record d’una ciutat de menestrals, un urbanisme ancestral com sa Gerreria, que lluita per sobreviure: “El tiralínies i el bec de grua han passat una i altra vegada per aquells voltants, però no han pogut esborrar la fesomia del paratge… És com una d’aquelles escriptures primitives que per molt que hi grati el raspador, surten damunt lo que s’hi ha volgut escriure de bell nou. Tal era la brinada que duien, des de l’antiguea, aquells carrers coberts amb doble filera de voltes i soportals, entrecreuats de carreronets per on podria passar de través una persona de mitges carns; aquelles botigues amb soterrani i reixats de ferro…”. Afirma el crític Gabriel Cortès que Miquel dels Sants Oliver “va endevinar la desaparició de l’esperit autèntic de la Ciutat de Mallorca i fou a temps a veure el començament de la seva destrucció implacable, dia a dia, pedra a pedra”. Això, ho va veure fa més d’un segle… Què no serà avui, quan hem de predicar des de trones cíviques que no basta protegir un edifici aïllat, sinó que existeix una trama urbana per conservar, un laberint de carrers que ens parlen de l’urbanisme islàmic o gòtico-medieval; és cert que n’hi ha, d’espais històrics que no gaudeixen de gaire salut; però la solució mai no és matar els malalts, sinó rehabilitar i restaurar.

S’inaugura el segle XX amb el pla de l’Eixample i d’enderrocament de les murades. En aquell moment, el progressisme social i polític i el liberalisme econòmic, en nom de l’higienisme modern i de la salut pública, demanaven l’eliminació del recinte murari, que consideraven un corsé ofegador. I això des de feia dècades. Ja ho deia la glosa popular

Quan vaig néixer vaig sentir:
- Han de tomar ses murades.
Tenc cent i pico d’anys
i encara no les han tomades

Els conservacionistes del patrimoni intuïen que s’allargaria més el braç que la mànega i, efectivament, l’any 1912 es pogueren comprovar els excessos, amb la destrucció de la porta de Santa Margalida, la venerable porta de la Conquesta. Miquel Ferrà Joan, a l’article titulat “La ciutat qui se’n va”, posava el crit al cel: “Fa angoixa pensar lo que serà Ciutat el dia que sien efectuades totes aquestes alineaciones que Déu sap lo que tallen i lo que xapen, fetes damunt un paper blanc amb tiralínies, símbol i instrument del rectilini progrés municipal i administratiu. Aquest dia veurem Ciutat de Mallorca convertida en la paròdia més cursi i més grotesca d’una capital moderna. (…) Lo que la nostra Ciutat té d’interessant per als forasters, lo que ells hi troben de sorprenent i admirable és justament tot allò que aquí es desprecia per sistema, tot allò de lo qual hem emprès a escarada la destrucció completa. Si els turistes no s’aturen de venir, és perquè els indígenes som impotents per desfigurar Mallorca, per més que facem tots els esforços per lograr-ho, avui espanyant un document o una bella construcció característica, demà talant un bosc centenari, passat demà buidant el Gorg Blau”. Però, en Miquel Ferrà també proposava solucions: “S’imposa treballar per la formació d’una consciència artística col.lectiva; interessar la gent per tots els medis en favor de les belleses autèntiques de la ciutat, fer conèixer bé als mateixos propietaris particulars el valor de lo que tenen i el respecte que li deuen. Obrir ulls, obrir ulls, aclucats per l’estúpida son d’un materialisme orfe de tota idealitat i de tota fantasia”.

L’Eixample, planificat per Bernat Calvet l’any 1901, és un espai bàsic de l’urbanisme de la ciutat del segle XX. Les murades cauen i la ciutat creix, com un ventall que es desplega. Els horts seculars que encerclaven el camí de ronda, les veles de terra i les possessions més properes desapareixen per no fer nosa al progrés urbà. Ha estat, l’Eixample, un àmbit dissortat, molt maltractat i desvirtuat. Lamentablement, d’aquell caràcter arquitectònic inicial, amb un toc modernista i, especialment, amb una fesomia noucentista o regionalista neobarroca i, fins i tot, racionalista, poc en queda. La desaparició d’edificis artístics i representatius d’aquells estils arquitectònics ha estat enorme. Avui, és obligatori que el catàleg de patrimoni vetli, acaroni, diria jo, el que queda d’ànima de l’Eixample. A veure si el nom d’arquitectes com Gaspar Bennàsser, Guillem Reinés, Guillem Forteza, Jaume Alenyà, i d’altres, només seran una placa de nom de carrer, sense cap edifici dret!

Mentre creixia l’Eixample, les primeres dècades del segle XX ens han deixat magnífiques evocacions literàries de la ciutat de Palma. Una petita mostra ens fa topadissos amb el jardí de Joan Alcover, on l’esperit elegíac d’aquell llavi febrosenc ens mostrava el “faune mutilat, brollador eixut, jardí desolat de ma joventut”.

El nostre tempteig literari ens permet brindar per “la ciutat futura” amb el poeta i intel·lectual Gabriel Alomar i Villalonga:

A l’aire capvespral obrim les galeries,
la santa copa alcem sobre les amples vies
i brindem, companyons, per la Ciutat!

Hem de pouar també en l’obra de Santiago Rusiñol, L’illa de la calma, especialment quan s’emociona del mirador de la Seu estant: “Sortint d’aquests carrers, prepara’t a rebre una impressió de les més belles i solemnials que hagis pogut gaudir en la vida. … després d’una mitja fosca, et porten a una terrassa, et posen el mar al davant, te l’estenen fins a l’infinit, … et fan seure damunt d’un mur, rovellat pel temps i la salabror; t’abriguen amb la catedral més besada pels ponents, i més roent de foc del cel, i més colrada per les centúries, i et diuen: seu i admira”.

La passejada lletraferida ens permet anar pel barri de la Seu agafadets de la mà de dona Obdúlia, de “Mort de dama” de Llorenç Villalonga: “El barri és venerable, noble i silenciós, amb carrers estrets i cases amples, que semblen deshabitades. … Rompen el silenci, de tard en tard, remors de campanes”.

Amb Bartomeu Rosselló-Pòrcel, al poema titulat “Auca”, som herois d’una passejada surrealista, polissona, per la ciutat:

Retorno a les festes llunyanes
quan la muralla de ponent
plena d’estàtues blanques sobre el mar
incendia la Catedral amb palmeres polsoses
i pedres dins el xarol, diumenge de la Portella”.

Consirosos, amarats d’existencialisme, badam pel claustre de Sant Francesc amb el mestre de la literatura universal, Albert Camus, quan diu, rotundament: “No hi ha amor de viure sense desesperació de viure”.

El segle XX avança… i arribam a un avenc. L’olivera, el voladís, em diuen que no és oportú entrar en detalls del que succeí aquí el 19 de juliol de 1936, quan un fibló de violència entrà en aquest casal. El cor dels demòcrates s’entristeix i ens allunyaríem massa de la festa que presentam. Però, em demanau si hi hagué màrtirs?… és clar que sí. Un dels més destacats, una bellíssima persona, el batle de Palma, Emili Darder.

Els meus talismans ja no volen contar res més, ni l’estretor de la postguerra, ni el boom turístic, ni les primeres onades d’immigrants, ni el creixement econòmic, ni la instauració de la democràcia. Ni tan sols volen que digui que la que havia estat una illa de comiats i d’emigració, és ara una illa de benvingudes, de nouvinguts.

El meu tema final és per a un territori que no és ni el centre històric ni l’Eixample. Perquè Palma és més que això, és un terme de més de 200 km2, amb diversitat d’elements, alguns emblemàtics i monumentals, com el castell de Bellver. Altres són barriades tradicionals, com Santa Catalina, el Raval per excel·lència, o com els Hostalets, paradigma de l’urbanisme popular d’abans de l’enderrocament de les murades; situat a la distància que permetia la legislació sobre les anomenades ‘zones polèmiques’, és a dir, a 1.256 m de les murades (1.500 varas castellanes). Existeixen també, dins el terme, autèntics pobles amb gran personalitat i base històrica, com Sant Jordi o com Establiments, que era municipi propi fa noranta anys.

He d’esmentar també la cada vegada més reduïda ruralia de Palma. Hi hagué un temps en què les possessions, les finques rústiques de la ciutat, eren la flor de la pagesia mallorquina. Indubtablement, el segle XX ha estat un botxí implacable per a aquests conjunts arquitectònics i amb les mostres de l’enginyeria i de l’etnologia que s’hi imbricaven, com els elements del sistema hidràulic. Sovint, d’aquestes finques, només en resta el topònim, fossilitzat, i que ara designa una barriada, si fa no fa sorgida a la segona meitat del segle XX. Encoratjam l’Ajuntament de Palma que, davant els ariets de la demolició, treballi decididament per la protecció d’aquests edificis respectables, i per la seva rehabilitació. Si no poden ser habitatges, potser es puguin reconvertir en entitats vives per a servei de la ciutadania (casals de barri i espais associatius, centres de salut, museus o centres d’interpretació culturals, etc). Ni l’amo, ni la madona, ni el pastor, ni el missatge, no apareixeran en escena en aquesta rehabilitació… això forma part, amb digníssimes excepcions, de les remembrances del passat. Tant de bo que el conreu ancestral de la terra pugui deixar pas al conreu cultural i associatiu dels habitants de les barriades de Palma.

Com afirma Josep M. Llompart, cal fer l’elogi del barri, valorar l’horitzó humà de vivència més immediata. Val la pena assumir que darrera una gran ciutat, hi ha –o hi ha d’haver-, uns espais naturals, com el possible futur parc natural de na Burguesa, hi ha d’haver uns escenaris agrícoles, com els voltants de Son Sardina o el pla de Sant Jordi, hi ha d’haver uns monuments, com el monestir de la Real, que no siguin presoners del ciment, sinó lliures, enmig dels paisatges que els contextualitzen genuïnament, és a dir, uns paisatges culturals que proclamin la supremacia de la vegetació i del jardí sobre l’asfalt, el triomf del cant de l’aucell sobre la clavaguera.

Gràcies per haver-me escoltat amb tanta paciència. Que les festes vos aprofitin a tots i, sobretot, que duguin salut i pau.

Gaspar Valero i Martí
Palma, 12 de gener de 2008

24 December 2007

El tercer Marqués de la Romana

Filed under: Personajes

En la Catedral se halla el sepulcro del tercer Marqués de la Romana. Recojo su historia:

La expedición a Dinamarca del marqués de la Romana

Hace unas semanas la Asociación de Amigos de los Museos Militares, tuvo el acierto de rememorar los doscientos años de la expedición que hizo el ejército español a Dinamarca, capitaneada por un ilustre mallorquín, don Pedro Caro y Sureda, tercer marqués de la Romana. Lo hizo con un ciclo de conferencias realizadas en Palma impartidas por diferentes especialistas sobre el tema, dándome pie a escribir este artículo.

Esta expedición se ha de contextualizar en la dura campaña que Napoleón estaba realizando en Polonia en 1807. En la sangrienta batalla de Preusch-Eylau el ejército francés tuvo muchas bajas, lo que provocó que Napoleón solicitase ayuda urgente a España. Desde 1796, mediante el tratado de San Ildefonso, nuestro país se había aliado con Francia. El artículo quinto de dicho tratado sirvió como base para solicitar la ayuda española. Concretamente Napoleón solicitaba que participase la división que se encontraba en la Toscana y Parma, es decir, la región que configuraba el recientemente creado reino de Etruria, en esos momentos regentado por María Luisa, viuda del infante duque de Parma e hija del monarca español. Napoleón quería que esa división fuese una de las que se debía dirigir al norte de Europa. Está claro que el jefe de estado francés quería tener bajo su control a Etruria. A pesar de conocer las intenciones de Napoleón, Carlos IV accedió a su petición.

Se decidió que dirigiese la expedición el teniente general, don Pedro Caro y Sureda-Valero (Palma, 1761 - Portugal, 1811), tercer marqués de la Romana. Éste había nacido en Palma en 1761. Sus diversos estudios humanísticos -poseía una de las mejores bibliotecas de Palma, desgraciadamente hoy desaparecida- le permitieron conocer los ambientes de la ilustración española. En 1775, ingresó en el Colegio de Marina de Catalunya, siendo ascendido pocos años después alférez de fragata. En 1781, participó en la toma de Menorca y participó en el intento de recuperar Gibraltar. También lo hizo en la guerra contra Francia, pasando al ejército de tierra. Durante las campañas realizadas fue ascendiendo hasta conseguir el grado de teniente general.
En abril de 1807 se puso en marcha la expedición, siendo Hamburgo el lugar en dónde se reunirían los diferentes regimientos. Salieron las tropas de Etruria, el regimiento de Zamora, por el Tirol, Baviera y Franconia. También salieron tropas de España, las cuales atravesaron Francia. El marqués de la Romana se dirigió por su cuenta, seguido de los regimientos de caballería, a la ciudad alemana. Una vez reunidos en Hamburgo, las tropas españolas pasaron a formar parte del cuerpo del ejército de observación del príncipe de Pontecorvo (Bernardote). Así, los soldados españoles se situaron en las ciudades hanseáticas con la única misión de observar. Esta situación se prolongó hasta el mes de marzo de 1808, momento en que Napoleón ordenó la ocupación de Dinamarca. Durante todo este tiempo, la desconfianza fue apoderándose cada vez más del marqués de la Romana. La difícil comunicación con Godoy; las sospechosas intenciones del emperador en ocupar Suecia, país de poco interés estratégico y que lo único que conseguía era postergar al ejército español en el norte de Europa; y los graves acontecimientos que se iban encadenando en España: el motín de Aranjuez, la abdicación de Carlos IV y la proclamación de Fernando VII… todo ello no hacia sino incrementar las sospechas y preocupaciones del teniente general mallorquín.

Con la ocupación de Dinamarca, el ejército español fue disgregado y repartido en pequeños destacamentos con la misión de vigilar la costa. En el mes de junio regresó de España un grupo de oficiales que habían sido testigos de la trágica jornada del dos de mayo. Su testimonio no hizo sino confirmar las sospechas que se tenían, lo que provocó el descontento y la reacción de las tropas españolas. En el mismo mes de junio tuvo lugar una entrevista entre el marqués y el reverendo Roberston, enviado por el gobierno británico a instancias de las peticiones de las juntas de defensa españolas. El plan de huida se empezó a fraguar al mismo tiempo que José Bonaparte entraba en península Ibérica para proclamarse nuevo rey de España. Napoleón, mediante Bernardote, quería que los militares españoles diseminados por Dinamarca jurasen la nueva constitución. Empezó entonces una tensa y delicada situación para el marqués de la Romana, de la cual, al final salió airoso, pues pudo recuperar una buena parte de su ejército embarcándolo en diferentes navíos de la flota británica. Don Pedro Caro embarcó en el “Soberbio”, a bordo del cual lo recibió con todos los honores el almirante Keats. El 27 de agosto, la flota se reunió en Goteborg y allí, pocos días después, recibieron la noticia de la victoria de Bailén. Al llegar a España se le otorgó “El ejército de la izquierda” y combatió a los franceses. Más tarde fue miembro de la Junta Suprema de Defensa. El 4 de enero de 1811, murió en Portugal víctima de un aneurisma.

Sus restos mortales fueron trasladados a Mallorca, recibiendo sepultura en el convento de Santo Domingo, en el espectacular panteón que realizó Josep Folch Costa, hoy conservado en la Catedral, del cual en otra ocasión podremos hablar.

Bartomeu Bestard: La expedición a Dinamarca del marqués de la Romana (Crónicas de antaño)

1 October 2007

¿Exclusión de los catalanes en la conquista de América?

Filed under: General

Copio y enlazo el siguiente artículo escrito por Román Piña Homs en el periódico El Mundo - El Día de Baleares del 1 de octubre del 2007.

A modo de carta abierta a Cristina Peri Rossi

Román Piña Homs

Leo con cierta perplejidad y desde luego tristeza, pero en absoluto con asombro puesto que los radicales del nacionalismo catalán o del que sea, hace ya tiempo que dejaron de asombrarme hagan lo que hagan, el artículo publicado en este mismo diario por la escritora Cristina Peri Rossi, que ella titula Persecución lingüística. Cuenta Cristina en su artículo, con todo detalle, cómo ha sido expulsada de un programa de Catalunya Ràdio, al que venía asistiendo habitualmente a modo de tertuliana desde hace varios años, gracias a la invitación del periodista Gaspar Hernández, que la valoraba como intelectual valiosa, capaz de enriquecer la tertulia, pese a ser la única castellano hablante que participaba en el mismo. Total, que de pronto alguien decidió prescindir de su participación habitual, sin más motivo que el de no hablar catalán. Recuerda Cristina que «Cataluña es y será una nación bilingüe, por lo cual no se puede perseguir o expulsar a nadie de su trabajo por motivos lingüísticos», y yo no sé si se querellará con quienes han atentado a sus derechos, situándose en la ilegalidad, pero de momento ha optado por contar los hechos y comenzar su batalla particular. Le deseo suerte, porque la necesitará.

Conocí a Cristina hace veinte años. Por entonces disponía yo de unas conferencias ofrecidas en Berkeley, dentro de un programa auspiciado por la Generalitat en aquella universidad californiana. Por aquello de que los catalanes habían llegado a América, como escribió en su día Ferràn Soldevila, tard però sense dany, refiriéndose a la modélica presencia catalana en el continente desde mediados del XVIII, la Generalitat por aquellas fechas -1987- montó una serie de iniciativas culturales y económicas en tierras californianas, mostrándose como un gran país que nada tuvo que ver con el genocidio montado por el resto de los españoles; un genocidio, que ya saben ustedes, nos lo acaba de poner al día, en plan de memoria histórica, el Ayuntamiento de Sineu, imagino que profundamente preocupado por la defensa de los derechos humanos de los indígenas americanos del siglo XVI, pero en absoluto por el atropello sufrido aquí y hoy por la uruguaya Cristina Peri Rossi.

Cristina me recibió en su despacho de la editorial barcelonesa Laia. Enseguida intimamos. Se mostró muy interesada por mi obra, que recomendó a la editorial, y pocos meses después apareció publicada bajo el título de Catalanes y mallorquines en la fundación de California. Nada más conocer a la muchacha, comprendí que era una intelectual valiosa y comprometida con la izquierda. La editorial mantenía cierta tradición en el mismo sentido, pero no me asustaba. A mí lo que me interesaba era publicar y hacerlo con capacidad para llegar al gran público, cosa que alcancé con creces. Y no sólo conseguí con mi propósito llegar a todas las librerías de este país y de algunos más de habla española, sino que además me congratulé de que una joven como Cristina se desenvolviese bien en los ambientes de la Ciudad condal. Tal circunstancia era garantía para los catalanes, de sociedad abierta y acogedora.

El libro en cuestión, publicado gracias a los buenos oficios de Cristina, poco después me abrió otras puertas. Se ponía en marcha la conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América. Los regidores nacionalistas de Sineu aún no habían denunciado el genocidio, y por consiguiente el gobierno de la Generalitat no tuvo inconveniente en asociarse a los fastos. Se montaron numerosas iniciativas culturales y entre ellas se puso en evidencia la necesidad de contar con una investigación seria sobre el agravio de que, desde los tiempos de Cristóbal Colón, los catalanes hubiesen sido excluidos de la conquista y colonización del Nuevo Mundo. Para tal investigación decidieron contar conmigo. Era mallorquín. Les había honrado en tierras californianas, hablando de la epopeya del capitán Gaspar de Portolà y sus voluntarios catalanes, que acompañaron a los misioneros mallorquines que colonizaron aquellas tierras, y además conté con el aval de Miquel Batllori, que me consideró de inmediato como la persona más indicada para llevar adelante la investigación, e interpondría sus buenos oficios ante el entonces presidente de la comisión catalana del Quinto Centenario -Pere Pi Sunyer- hombre abierto, procedente del exilio y recuperado para la nueva Cataluña en democracia.

Les diré que trabajé sobre el asunto más de un año. Idas y venidas del Archivo de Indias en Sevilla, y al final la conclusión: jamás hubo exclusión de los catalanes en América, ni consiguiente agravio histórico. El segundo viaje de Colón fue prácticamente con catalanes. Y como no quería líos, me preocupé de aportar el registro de todos los catalanes que marcharon a Indias desde el segundo viaje colombino hasta mediados del siglo XVI, así como el conjunto de la legislación adoptada al respecto, incluida la Ordenanza supuestamente discriminatoria. Recuerdo el asombro de Pi Sunyer. I ara Pinya, qué farem? Me preguntó preocupado. Miri vosté, publicar-ho, le contesté de inmediato. Y la obra se publicó, muy a disgusto de ciertos sectores, pero se publicó, aunque con un título un tanto equívoco y muy negociado: La debatuda exclusió catalana-aragonesa d’Amèrica.

Valga este recuerdo personal en homenaje a Cristina. Pero le diré a mi querida amiga, que quizás ya ni me recuerda, que los tiempos han cambiado mucho. Ni ella ni yo, desde la perspectiva de hace veinte años, hubiésemos presentido la actual deriva del nacionalismo catalán. Por entonces comenzaba a dirigir la Generalitat Jordi Pujol. Gobernaba con el apoyo de Esquerra Republicana. Su adversario, la oposición, eran los socialistas, y éstos actuaban como la modernidad liberal y abierta, frente a un nacionalismo que sin ser radical, daba muestras de cierto localismo rancio. Ya ven, la de cosas que han pasado desde entonces. Pienso en los socialistas de verdad, unos por entonces aún nostálgicos del marxismo, otros más bien comprometidos con cierto cartel de ilustrados abiertos y en cualquier caso de ciudadanos comprometidos con la libertad. Su discurso giraba sobre la corrupción de CIU, los escándalos de Banca Catalana y la necesidad de hacer una Catalunya de todos. Pues ya ves Cristina: esta es la Catalunya de todos; la que nada más y nada menos te ha echado a la calle. Tengas suerte. La necesitarás y mucha.

Román Piña Homs en El Telescopio (El Mundo El Día de Baleares)

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